Ño

Foto con Gag

 

 

Se murió Álvarez Guedes.

Nadie esperaba esto.

Es que Guillermo, después de conquistar la eternidad, llegó a parecer eterno. Vivió largo y tendido.

Vivió desde el acetato hasta el USB.

Pasó de largo, en sus mejores años, por las cintas magnéticas.

¿Quién no recuerda aquellos casetes copiados a partir de copias grabadas de cintas que alguien copió? Pasaban de mano en mano  y de oído en oído como un talismán. Circulaban a pesar del odio que los perseguía.     

Aquellos chistes fueron la pesadilla del castrismo. Las risas sonaban como una campana de Brecht. Terminábamos de reír y descubríamos, o recordábamos, el carácter esencialmente ridículo del prócer de vaudeville que nos había tocado en mala suerte.

Nadie como Álvarez Guedes para desnudar a Poca-nalga.

Ahora, en la seriedad de los obituarios, lo llaman cómico, actor, humorista, productor, antropólogo, etc. Señores, por favor, Guillermo fue todo eso y mucho más. Con él muere el más grande de los jodedores cubanos. Un título muy difícil de conquistar en un país en el que la jodedera es casi religión.   

Eso fue: un tronco de jodedor. Un artista que siempre dejó, al final de cada carcajada, las mismas preguntas:   ¿cómo será este tipo en persona? ¿Se pasará la vida jodiendo, o será un tipo serio que entra en la oficina, cuelga el saco y dice: bueno, ahora voy a empezar a joder? Pocos cubanos han generado tanta curiosidad en su persona como Álvarez Guedes.

Recuerdo el cuento de una  vecina de su hermana Eloísa  —allá en La Habana— que fue de visita a Miami. La mujer iba de lo más entusiasmada por el hecho de que, bajo el pretexto de llevar cartas y fotos de la familia, tendría al fin la oportunidad de conocer al hombre que alimentaba el mito. Llegando a Miami llamó por teléfono y pidió cita, pero no pudo ser porque Álvarez Guedes, como sus chistes, siempre andaba de gira.

Hoy se acabaron las giras. Hoy Guillermo yace tendido y nos pone a pensar: Coño, qué rico si Fidel Castro tuviera la decencia de decretar su muerte hoy. Sería perfecto que en un mismo día Cuba llore por quien la hizo reír y ría por quien la hizo llorar.

Aunque en honor a la verdad, es de dudar que Guillermo nos haga llorar mucho. En Miami, creo, sigue viva la tradición del balanceo, las tazas de café y los chistes después de la medianoche. De ser así, entonces, cabe a posibilidad de que Álvarez Guede sea despedido con el mejor velorio de la historia de Cuba.

Qué Papá Montero ni Papá Montero. Guillermo in memoriam.

El único elemento que podría empañar la celebración de una vida hecha para reír y hacer llorar de risa, es la supuesta tristeza de haber fallecido en el exilio y no en la tierra que lo vio nacer. Pero esas cosas, como diría Guillermo, han pasado, pasan, y pasarán.

Como pasó con la vecina de su hermana Eloísa, que al fin pudo conocerlo antes de regresar a La Habana. Iba saliendo Álvarez Guedes por la puerta del aeropuerto cuando la señora iba entrando. Ahí mismo sucedió el milagro de las presentaciones, las noticias de la familia, el aviso de las cartas y fotos dejadas en la casa, el abrazo, los besos, y la pregunta inevitable de Guillermo: ¿a dónde viaja, señora?

La vecina explicó que ya iba de regreso a Cuba. Después se desternillaba de la risa cuando hacía el cuento de un Álvarez Guedes que —muy extrañado— soltó las maletas, abrió los brazos y le preguntó: ¿pero señora, usted es comemierda?

                     

                     

 

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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