Monólogo de un tirano con Maquiavelo (Capítulo XIII)

Maquiavelo-Geandy

Es increíble, Nicolás, la capacidad que tienen los hombres como yo para hacer llorar a los tipos como mi hermano.

Se fue hecho un mar de lágrimas y me dejó trabajar en paz.

A partir de ese día las cosas fueron viento en popa y a toda vela. Octavito acosaba al enemigo por un lado y nuestros cables a tierra lo ayudaban por el otro. Mientras Octavito se encargaba, a través de sus emisarios, de dejarle bien claro al tipo que lo íbamos a matar cuando nos diera la gana, nuestros cables a tierras —hablando de amor y perdón todo el tiempo— lo convencían de que su fama internacional era un escudo impenetrable para la tiranía. Los hombres de los AB, por su lado, se encargaron de garantizar que el acercamiento de los cables a tierra se hiciera de una forma impecable, mientras que los hombres de Octavito, para no ser menos, a cada rato le daban un susto a nuestro opositor.

Unos cuantos meses antes de que las tenazas se cerraran llamé a mi hermano y le di el nombre de un ciudadano del imperio que los AB llevaban años observando. Un tipo que ya se había comprometido en algunas cosillas ilegales dentro de nuestro país y que estaba listo, por tanto,  para servirnos como queríamos.  Le di el nombre a mi hermano y le dije: la próxima vez que este ciudadano del imperio entre en nuestro país ordénale a tus hombres que lo detengan, lo acusen de espionaje y le echen unos cuantos años de prisión. Que sirva para darnos el gusto de decirle al imperio que nos cagamos en todas las operaciones Lucrecia que puedan tener.

Llegó el momento de golpear. Sólo faltaba el detalle de saber quién sería el revolucionario que pediría para sí la honrosa tarea de ajusticiar al enemigo con sus propias manos. Octavito dio el paso al frente y nadie se atrevió a discutirle el honor. Acepté su propuesta, pero no sin antes dejarle saber que semejante honor no podía interferir, para nada, con la parte más importante del plan trazado. Porque él sabía muy bien que ese opositor nunca viajaba solo y que, además, cuando viajaba a las regiones más recónditas de nuestro país, se las arreglaba para hacerse acompañar de uno o más ciudadanos extranjeros; gente que podía servirle de salvaguarda contra agresiones o, en caso de que algo pasara, de testigos.

Esa era la parte más delicada y difícil del plan operativo. Encarcelar a esos testigos por un tiempo relativamente corto y lograr, durante ese tiempo relativamente corto, quebrarlos de una forma inobjetable. Hacerlos añicos, molerlos hasta lograr que suplicaran y estuvieran dispuestos a repetir, como suyas, la versión de los hechos que nosotros les daríamos. Esa era la tarea que él, Octavito, por su experiencia y lealtad, estaba llamado a ejecutar. Una tarea que no podía fracasar, pasara lo que pasara o dijera lo que dijera ese tipo antes de morir, porque si esa tarea fracasaba todo se iba al carajo. Octavito, ajeno al trenzado de aquellos cables con los que se enfrentaría, juró y perjuró que él estaba listo para quebrar al mismísimo Papa si hacía falta.

Bendito sea el viejo principio de la compartimentación.

Ya todo estaba listo, Nicolás. Después de varios lustros de trabajo, una red supuestamente sacrificada, un cojo muerto y millones de monedas gastadas, teníamos el escenario de una muerte que habíamos anunciado a los cuatro vientos, pero de la que nadie podría culparnos. Los intercambios epistolares llegaron a su punto máximo y nuestros cables a tierras lograron, con mucha astucia, invitarse o ser invitados para acompañar a nuestro opositor en una de sus peregrinaciones.

Imagínate el placer Nicolás. Pasan la frontera de tu reino esos muchachos tan ingenuos. Llegan a la hermosa capital y, según lo planeado, se las arreglan para rentar un coche jalado por cuatro espléndidos alazanes. Cuatro caballos con la extraña tendencia a desbocarse ante el más mínimo descuido de sus frenos. Y salen a pasear esos muchachos tan llenos de vida por los campos de tu reino. Para colmo de placeres llevan consigo, sentados donde deben, a tu querido opositor y al hombre de confianza que siempre le acompañaba. Conversan al trote sin escuchar, allá a lo lejos, el toque de a degüello.

Los dejas correr varias leguas y cuando se acercan al sitio previsto uno de tus coches empieza a perseguirlos. En buena lid sería tan fácil como detenerse a la vera del camino, soltar sus palomas con el mensaje “nos persiguen los esbirros de la tiranía” y esperar tranquilamente a ver qué pasa. Pero tu hombre al pescante tiene instrucciones precisas. Debe azuzar a sus bestias y escapar a fuerza de látigo, palabrotas y buenas riendas. Le hemos hecho creer que así, con sus dotes de conductor y su sangre fría, va a reforzar una leyenda cada vez más sólida e impresionante. Se desbocan los corceles escogidos. El coche sufre un impacto muy simétrico, todos reciben lesiones leves y protestan malhumorados cuando llegan los hombres de Octavito que, como la niebla, han surgido de la nada.

Ahí se bifurcan las historias, una toma el camino de la comedia y la otra, como era de esperarse, el de la tragedia. En un coche parten los dos cables a tierra. Van hacia el lazareto más cercano y van llenos de confusión. En otro parten tus opositores. Van hacia la muerte y los invade una inesperada claridad. Saben el destino que les espera. De esas dos historias  decides irte tras la comedia. No porque sea más divertida, sino porque sabes que su final todavía no está escrito, y sientes curiosidad.

Cada uno de los cables a tierra, por separado y sin  saber que el otro trabaja para ti, hace contacto con su oficial de caso; o sea, con el hombre tuyo que lo atiende, desde lejos y en caso de necesidad, mientras estén de visita en tus predios. Gente de los AB que enseguida actúa como está previsto.

Primero, dejar que la gente de Octavito haga su trabajo.

Y así, después de una buena entrada a patadas por el fondillo, bofetadas, gritos y promesas de paredón, los cables a tierra van a dar, casi con alivio, a una mazmorra que el heroico y viril pueblo de tu reino ha bautizado, en su infinita jocosidad, con el sugerente nombre  de “donde hablan las momias y canta Superman”. Una vez en esas mazmorras tus dos agentes extranjeros se convierten en las figuras centrales de una obra de teatro.

Foto: Maquiavelo fix, por Geandy Pavón

Para comprar el libro

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
Esta entrada fue publicada en Ficciones. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Monólogo de un tirano con Maquiavelo (Capítulo XIII)

  1. Güicho dijo:

    Escogí la versión digital hace unas semanas. No llegó ni al Kindle, me la despaché en el mismo PC de un tirón. Este monólogo pone cimientos a la complotopía introspectiva. Vaya que a Norberto Fuentes le daría tremendo complejo de ingenuidad. El final te quedó perfecto, no, bestial. Y lo de la gorda con la aspirina es una gozada.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s