Mercados del ego y ferias de vanidades

Huelga estudiantes

 

Mi admirado Carlos Alberto Montaner vuelve a desatar la furia del avispero. Esta vez con un artículo —muy lúcido y bien argumentado— sobre el absurdo reclamo de los jóvenes chilenos a la gratuidad de los estudios universitarios.

Avispas aparte, la pertinencia —o no— de la gratuidad de los estudios universitarios es una de las formas que adopta la discusión de un tema mucho más importante y, si se quiere, más profundo. Una discusión que puede ser desglosada, a grandes rasgos, en un grupo de preguntas básicas:

  1. ¿Es importante la educación universitaria para el futuro de un país?
  2. ¿Los avances tecnológicos en materia de acceso, almacenamiento y trasiego de la información imponen la necesidad de repensar las formas y objetivos de la educación universitaria?
  3. ¿Existe una crisis de calidad en la educación universitaria?
  4. ¿Cuál es la mejor estrategia, o cuáles son las mejores estrategias, para lograr que las universidades egresen graduados de calidad?

Creo que son la primera y la cuarta pregunta las que más desacuerdos generan.

Nadie, en su sano juicio, se atrevería a negar que la educación universitaria sea importante para el futuro de un país. El desacuerdo, sin embargo, surge cuando nos concentramos en la palabra futuro.

En las sociedades ideologizadas —como Cuba, Irán, Corea del Norte, etc. — ese futuro siempre está marcado por las orientaciones y deseos de una cúpula gobernante que se encarga, mediante el premio y el castigo, de administrar las endorfinas del babeo moral que caracteriza a esas sociedades. Sus gobernantes logran codificar y programar, a fuerza de repeticiones pavlovianas, unas nociones del bien y el mal que llegan a estar tan arraigadas en la población, y en la supuesta élite intelectual, que convierten en imposible cualquier discusión alrededor de ellas.

Una de las cosas que más admiro de CAM es su capacidad y paciencia para no rehuir esas discusiones. Una tarea que cualquiera que haya vivido en la Cuba del castrismo sabe que está mucho más cerca de la psicopatología que de la dialéctica. CAM, sin embargo, la ejerce con una elegancia y un rigor intelectual que hablan muy bien, de forma indirecta, de esa educación que él defiende y que, por desgracia, va camino de desaparecer.

Los avances tecnológicos en materia de información no sólo han impuestos la necesidad de repensar las formas y objetivos de la educación universitaria sino que se han convertido, también, en una de las vitrinas que mejor exponen la profunda crisis que esa educación sufre en estos momentos.

Raro es el día que pasamos sin que redes y ordenadores nos muestren los desmanes intelectuales de una masa cada vez mayor de energúmenos muy bien diplomados e instruidos que se encargan, con sus conocimientos de pegatinas, sus títulos como patentes de corso, y sus consignas muy bien tatuadas, de llevar —o degradar— cualquier diálogo o discusión teórica desde el plano intelectual al sentimental.

Las universidades, que fueron creadas hace ya muchos siglos para hacer pensar, se convierten cada vez más en instituciones para hacer sentir. Una gran mayoría de los estudiantes universitarios de hoy no quieren saber, quieren sentir que saben; no quieren pensar, quieren sentir que piensan; no quieren dudar, quieren sentir que son capaces de hacerlo; y no quieren discutir porque sienten, fueron entrenados para eso, que siempre llevarán la razón.

Las universidades han devenido fábricas de certezas, plataformas de diseminación ideológica, engranajes para contra-seleccionar el talento y puntos de ventas de un futuro personal y financiero que, para colmo de crueldades y sinsentidos, está ligado al acto de graduarse de ellas.

Así se cerró un lazo que poco a poco devino la espiral descendente que vivimos hoy. Una caída que empezó el día que a alguien se le ocurrió confundir el derecho sagrado  a la educación con el derecho a matricular en la universidad, y el derecho a la educación universitaria con el derecho a graduarse de la universidad.

Se podría argumentar que nada hay de malo en tener muchos estudiantes y graduados universitarios; a fin de cuentas, es muy entretenido tener taxistas que entiendan de termodinámica y meseras que sepan de lingüística. Los que así piensan olvidan que las universidades, además de ser instituciones para hacer pensar, son —o fueron— sistemas de selección diseñados para encontrar y proteger a esas personas —rarísimas desde el punto de vista estadístico— que son capaces de hacerlo al más alto nivel. Sin esas personas las universidades, y en última instancia los países, pierden su razón de ser.

La frase a recordar es carrera universitaria. Un trayecto de años diseñado para seleccionar a los que son capaces de pensar y clasificarlos según una escala de calidad. Sin ese sistema de selección las universidades, lejos de contribuir a la riqueza social, se convierten en verdaderos fardos económicos y terminan, a mediano o largo plazo, empobreciendo a las sociedades que supuestamente debieron enriquecer.

Las universidades de hoy seleccionan cada vez menos la capacidad de pensar y premian, cada vez más, actitudes y talentos que muy poco tienen que ver con la actividad intelectual. Es como si de buenas a primeras hubiéramos decidido que en el Derby de Kentucky también debieran correr —junto con los purasangres— los patos y las gallinas, los adorables conejos y las simpáticas tortugas.

El espectáculo es entretenidísimo, es igualitario, ecológico y ecuménico, pero la selección, que fue su razón de ser,  deja de existir o cambia para convertirse en el premio a esos corceles que apenas son capaces de desplazarse —ya ni hablar de correr— en medio de un reguero de plumas, un mar de carapachos y una alfombra de bolitas negras.

Pasados varios ciclos de selección esos corceles premiados se convierten en sementales de la endogamia y así, de forma gradual y casi imperceptible, ocurre un desplazamiento del estándar de calidad, un cambio de los paradigmas de comparación que llega hasta el punto de convertir a Man O’war, Citation o Secretariat en mutantes y no en lo que realmente fueron: productos de una selección rigurosa, un entrenamiento exhaustivo y unos cuidados extremos.

Algo así pasa con las universidades de hoy. La masividad a ultranza, el culto al igualitarismo y la ideologización extrema de estudiantes y profesores, entre otros males, han empezado a premiar talentos que nada tienen que ver con la actividad intelectual. La academia de hoy adora a esas personas que son capaces de practicar el “buenismo” político, la endogamia, la adulación, el riesgo calculado, las metas a corto plazo, la simplificación de la realidad, el plagio indemostrable y los resultados de investigación que de ellos se espera. Del pensar y sus incertidumbres, cada vez menos.

Todos esos males han sido ampliamente reconocidos y contra ellos se han intentado, desde hace ya mucho tiempo, varias estrategias. Una de las más importantes fue crear o expandir los estudios de postgrado. Utilizarlos como una etapa de selección ulterior y hacer de ellos un nicho para la protección del talento y un dinamo para la creación intelectual y la generación de ideas que permitieran, de alguna forma, recuperar al menos una parte de los cuantiosos recursos que los Estados gastan en educación. Los resultados, aunque positivos durante un tiempo, terminaron desapareciendo en la misma medida que los males característicos de los estudios de pregrado se fueron extendiendo hacia los niveles superiores.

Otra de las estrategias utilizadas fue crear, mantener o incrementar, una barrera financiera —costos de matrícula— que sirviera para desestimular la masividad excesiva o al menos vincularla a cierto nivel de responsabilidad personal. Esa barrera, como bien señala CAM en sus artículos, es mucho más honesta, está mucho más cercana de la realidad y ofrece una mejor protección contra los aprovechadores que cualquier otra.

El problema es que, con el paso del tiempo, esa barrera también ha sido burlada. Los préstamos bancarios casi automáticos, las becas, el paso de la responsabilidad de los estudios universitarios de hijos a padres y las infinitas facilidades para graduarse han logrado convertir esos estudios en un paseo obligado, en una necesidad existencial y en un derecho más que en un honor.

Por otro lado, las universidades privadas, que en un momento fueron vistas como el último reducto de la calidad, también han caído en la tentación de la masividad y se han visto obligadas, por tanto, a llenar una buena parte de sus plazas con estudiantes que más que conocimientos buscan tener en sus títulos el logo de una buena marca registrada.

El resultado son estos tiempos tan paradójicos que estamos viviendo. Nunca la humanidad ha graduado tantos universitarios, nunca la humanidad ha tenido tantos Doctores en Ciencia ni tanta gente convencida de su grandeza intelectual. A pesar de eso, y después de varias décadas graduando jóvenes en las más disímiles áreas del conocimiento humano, todavía no se ha visto, ni se vislumbra, un aumento proporcional en el número de descubrimientos.

Lo que sí ha aumentado de forma proporcional —y escandalosa— es el número de personas endeudadas hasta las orejas por unos estudios universitarios que después no pudieron convertir, por razones propias o ajenas, en algo productivo. Lo que sí ha crecido, como la mala yerba, son los casos de plagio académico, las retractaciones de supuestos descubrimientos científicos, los escándalos de corrupción universitaria, los resultados negativos escondidos y nunca publicados, las denuncias por acosos psicológicos de profesores a estudiantes, y la incapacidad de gigantescos consorcios universitarios —como el que se creó para secuenciar el genoma humano— para competir en eficiencia y calidad con empresas mucho más modestas en ego y capital —como Celera Genomics—.

En medio de esa crisis y lejos de preguntarse por sus orígenes o discutir sus posibles soluciones los estudiantes chilenos, como otros muchos estudiantes alrededor del mundo, deciden que lo mejor es la gratuidad o, en su defecto — después de huelgas, violencia y negociaciones—, un costo de matrícula simbólico. Así, de una forma actual, simplista y juvenil, decretan una solución paliativa que nunca pasará de dar alivio financiero a unos cuantos y que terminará, de paso, convirtiendo las universidades en eso que quizás ya estén condenadas a ser: oratorios sentimentales y ferias de vanidades.

La respuesta de CAM a los estudiantes chilenos es muy lúcida y racional, pero no deja de ser, también, paliativa. CAM propone dejar el problema de la calidad de los estudios universitarios al mercado. Justo es reconocer —por mucho que marxistas y castristas intenten negarlo— que cuando de calidad se trata el mercado siempre ha dado mejores resultados prácticos que cualquier otra aproximación.

El problema, a mi entender, radica en el hecho de que el mercado universitario no vende un producto propiamente dicho sino, más bien, una noción futura de ese producto. Y ahí se complica todo. Pensar que la venta de educación puede seguir las reglas del mercado podría llevarnos, o quizás nos ha llevado ya, a una situación muy difícil de resolver.

Si estableciéramos una equivalencia más exacta podríamos decir que el mercado universitario se comporta como si la General Motors, o la Ford, lejos de vendernos un producto terminado nos dijera: usted nos paga y dentro de cinco años nosotros le daremos un producto del cual no podemos asegurar que rodará y cuya capacidad de rodamiento, le advertimos, será más responsabilidad suya que nuestra. Nosotros, en realidad, no le estamos vendiendo un carro sino la idea de que un carro es posible, nosotros, en realidad, no le estamos vendiendo una certeza, sino una probabilidad

Es esa noción de futuro incierto la que llena el mercado universitario de valores intangibles y lo hace tan vulnerable a la especulación y, en ausencia de mecanismos reguladores apropiados, a un fraude que —para empeorar las cosas— siempre viene envuelto en altruismo y siempre está protegido por mayores o menores niveles de autonomía universitaria.

Cuando miramos a la educación superior desde esa perspectiva las preguntas que saltan son: ¿Cómo es posible que tanta gente pague por un producto tan riesgoso? ¿Cómo es posible que millones de seres humanos se endeuden hasta las orejas para comprar algo tan inasible y con un margen de error tan alto que en cualquier otro producto sería inaceptable? ¿Por qué pagar miles y miles de dólares por conocimientos que la mayor parte de las veces están al alcance de cualquier teclado? ¿Por qué aceptar esa dualidad esquizoide de una oferta que cuando le conviene se presenta como altruista y cuando puede es más interesada que un banco?

Una repuesta que salta a la vista es: porque no existe otra opción. El mercado universitario tiene una historicidad que lo condena a ser como es y lo obliga a estar controlado, en última instancia, por unos Estados que a pesar de todas las diferencias políticas e ideológicas que puedan tener coinciden en una cosa: necesitan ciudadanos obedientes. Para esos Estados tener una masa de jóvenes endeudados —ya sea moral o financieramente— se convierte en un mecanismo muy efectivo de control social.

Otra respuesta posible podría estar relacionada con el hecho de que la venta de educación superior sea, en su esencia, un mercado del ego. O sea, uno de esos mercados que viven de vender productos que a pesar de sus utilidades dudosas —y sus precios elevados— se venden en grandes cantidades porque logran, de una forma u otra, aumentar el ego de los compradores.

Cualquiera que sea la razón, lo cierto es que el mercado universitario de hoy no es, no puede ser, al menos a largo plazo, garantía o mecanismo generador de calidad en la educación. Para que así fuese ese mercado tendría que respetar una regla tan vieja como el comercio: el riesgo lo pone el productor, no el comprador.

Para que así fuese las universidades tendrían que venderle al Estado un producto terminado, o sea, un graduado que ya esté empleado en el oficio del que se graduó y que, por tanto, ya ha demostrado la funcionalidad y la calidad del producto creado por la Universidad y vendido por esta al Estado, al individuo y  a la sociedad.

La responsabilidad personal y financiera de ese graduado para con la Universidad y la sociedad se ejercería  a través de descuentos mensuales de un porciento de su salario y, claro está, de los consabidos impuestos. Si el graduado, por la razón  que sea, no puede o no quiere trabajar en el giro del que se graduó, sus pagos a la universidad desaparecerían o se reducirían drásticamente. Ese graduado pasaría a ser parte del inventario de productos sin salida (ventas) que todos los productores asumen como pérdida.

Sólo así, o sea, sólo respetando verdaderamente las reglas del mercado podrían las universidades abandonar esa absurda y contraproducente masividad de hoy y regresar a su verdadera función: encontrar el talento, y protegerlo.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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