¿Por qué Puig?

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Para Luis García

Nada que ver con el hecho de que sea cubano y me gustaría ver a otro compatriota en el Juego de las estrellas.

Se trata del Beisbol, o con más exactitud, de una dimensión de ese juego que algunas veces tendemos a olvidar.

Gerald Early dijo en una ocasión: “Hay sólo tres cosas por las que los Estados Unidos de Norteamérica serán recordados dentro de dos mil años cuando esta civilización sea estudiada: La Constitución, el Jazz, y el Beisbol. Esas son las tres cosas más lindas que esta cultura ha creado”.

Si intentamos averiguar qué tienen en común esas tres creaciones nos damos cuenta que son, esencialmente, herramientas muy hermosas y complejas que fueron creadas para guiarnos —mientras nos divertimos o buscamos la felicidad— en la difícil tarea de copar con la complejidad del mundo.

Si miramos a los deportes como metáforas —escritas con sudor— podríamos aceptar, al menos como una posibilidad lúdica, que el beisbol es el que mejor presenta nuestra lucha contra esa dolorosa incertidumbre que la complejidad siempre genera.

No es casualidad que los métodos de tortura más refinados y efectivos se basen en la incertidumbre.

No es accidental que el éxito en cualquier deporte siempre haya estado ligado a nuestra capacidad para resistir el dolor.

No pain no gain —sin dolor no se gana— dice el viejo dicho. Pero hay diferentes tipos de dolor.

En Campo y Pista, por ejemplo, el dolor viene de adentro y puede ser visto como una metáfora de nuestra lucha contra la fuerza de gravedad, la falta de oxígeno o la capacidad de reacción de nuestros cuerpos.

En los deportes de combate, como todos sabemos, el dolor puede venir de adentro pero también, y de una forma más devastadora, desde afuera. Esos deportes pueden ser vistos, entonces, como otro nivel de esa lucha contra la complejidad: el que surge cuando además de nuestras limitaciones naturales tenemos que enfrentar el obstáculo de otro ser humano.

En los deportes de equipos el dolor viene de todas partes. Surge a partir de esfuerzos físicos extremos, de objetos que golpean, de colisiones con otros seres humanos y, no menos importante, de esa sensación tan insoportable y difícil de localizar que la incertidumbre siempre genera.

Una de las cosas más lindas que tienen los Estados Unidos de Norteamérica es el hecho de que cada año millones de estadounidenses se reúnen en sus catedrales a cielo abierto para disfrutar la complejidad; esperar lo inesperado, y enfrentar la incertidumbre mientras sonríen, comen perros calientes y le cantan a la tierra de los valientes. Es una visión muy rara en un planeta en el que la mayor parte de las veces la gente se reúne para hacer exactamente lo contrario.

Hace unas semanas Yasiel Puig debutó en las grandes ligas. Desde ese momento ha hecho casi todo lo que un novato puede hacer para ganarse la admiración de las multitudes, el respeto de sus compañeros de equipo, la atención de las estrellas y la aprobación de los veteranos.

Puig es un jugador de seis cualidades. Además de las cinco cualidades clásicas —correr, capturar, tirar, batear y darle duro a la bola— él tiene una cualidad adicional que es muy rara: juega al beisbol de una forma hace tiempo olvidada; cada vez que sale al terreno se comporta, en cada jugada, como un atleta profesional, súper dotado y muy bien entrenado, que se niega a olvidar del placer el juego. Juega de una forma que recuerda aquellos partidos que jugábamos en el terreno del barrio… para impresionar a aquella muchacha.

Ahora, después de varias semanas de una actuación increíblemente buena, la pregunta que salta es: ¿Merece Yasiel Puig ir al Juego de las Estrellas?

Si el beisbol es acerca de las reglas, las estadísticas, las veces al bate y las proyecciones sobre el pasado la respuesta es, claramente, un no. Si la belleza del beisbol descansa sobre la simplicidad de los números, y la comodidad de evitar incertidumbres la respuesta sería una muy cercana al “mejor esperar”.

Por suerte, el beisbol tiene otra dimensión: esa que nos enseña a derrotar nuestro miedo cerval a la incertidumbre, a abrazar la complejidad del mundo y aceptar que somos mucho más valientes en la esperanza del futuro que en los recuerdos del pasado.

Será divertido ver cuál de esas dos dimensiones prevalece.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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