Cartas guardadas

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Cuba es pródiga en papeles perdidos. Nuestra literatura, dicen algunos, empezó con un manuscrito que estuvo doscientos años en el olvido. Las páginas más importantes del diario de campaña de José Martí todavía andan extraviadas y el pobre Chibás, ahora recuerdo, murió por culpa de  unos documentos que desaparecieron en el camino.

El periódico Granma, para mantener viva la tradición, publica a cada rato sus categóricas respuestas a unos documentos que brillan —literalmente— por su ausencia.

Cuba, todo parece indicar, es el país de la tinta rápida y las hojas perdidas.

Hace unos días el castrismo declaró patrimonio nacional la papelería del recién fallecido Alfredo Guevara. Hace unas horas el castrismo allanó la antigua vivienda del susodicho, hurgó en los marcos de las puertas, auscultó las paredes y cargó con cuanta hojarasca pudo encontrar. De más está decir que no andan buscando la fórmula que permite digerir los rollos de acetato y convertirlos en abono natural.

Alfredo Guevara es una figura clave a la hora de entender los orígenes arrabaleros, gansteriles y teledirigidos —por el PSP— del castrismo. Alfredo Guevara fue, junto con Lionel Soto, un testigo de cuerpo presente y un participante directo en el moldeo de aquel Fidel Castro y su conversión, con mucha paciencia, en el ídolo de barro que conocemos hoy.

Para el castrismo las memorias y documentos del antiguo director del ICAIC pueden parecer una  gran amenaza porque podrían demostrar, con hechos, vivencias personales y datos precisos —casi siempre aderezados con interminables elogios al guajiro de Birán— algo que resulta muy doloroso para el culto a la psicopática personalidad de Fidel Castro.

Al mismo tiempo, y para complicar las cosas, Alfredo Guevara siempre supo de Raulito mucho más de lo que mandan las buenas costumbres.

El problema para los castristas es que todos esos intentos de allanar moradas y robar documento, bajo el amparo de leyes sacadas de las mangas, no sólo son inmorales y kafkianos, sino que llegan a alcanzar —en su contraste con la tozuda realidad— una dimensión de franca estupidez y marcado patetismo.

Para empezar, cuando una buena parte de los oficiales de la inteligencia castrista de hoy no habían nacido ya Alfredo Guevara llevaba muchos años de riguroso trabajo clandestino. Es absurdo pensar que para esos muchachos de hoy la cosa pueda ser tan fácil como llegar, registrar, encontrar e incautar. Por Dios, vejigos —diría el viejo comunista— más respeto con la experiencia, cuando ustedes eran tahúres ya yo había renunciado a las mangas de mi chaleco.

Al mismo tiempo, ¿qué puede haber sabido o dicho Alfredo Guevara que ya no se sepa o esté escrito y entredicho en alguna parte?, ¿Que un agente del Partido —comunista— dentro del Departamento Nacional de Identificación cambió la prueba de la parafina que logró eximir a Fidel Castro del asesinato de Manolo Castro? ¿Que el avión que sacó a Fidel Castro de Bogotá lo cuadró Víctor Pina, o sea, la misma persona que años después fue hasta Méjico y garantizó, con otro avión cuadrado por él, el rapto de Fidelito? ¿Que la casa de seguridad a la que fue a parar Fidel Castro, después de su salida del presidio, era una casa de seguridad del Partido que estaba a unas pocas cuadras de la casa de Víctor Pina? ¿Que Antonio Ñico López siempre fue un miembro del Partido y recibió la orden —de Flavio Bravo y Ramón Nicolau— de encargarse personalmente de Fidel Castro? ¿Que la muerte de Camilo Cienfuegos se decidió en Praga? ¿Que Ramiro Valdés y Vasco Leitao Da Cunha nunca fueron lo que parecieron y siempre lucieron lo que no eran? ¿Que las provisiones finales para la operación del rapto de los americanos de la base naval de Guantánamo, por las tropas del Segundo Frente —léase Raúl Castro—, llegaron desde Brasil? ¿Que el mate que tomaba el Che Guevara en la Sierra Maestra se lo robaba una militante secreta del Partido que trabajaba en la fábrica de los refrescos Materva? Hojarasca.

Hace veinte o treinta años los papeles y revelaciones de Alfredo Guevara podrían haber sido una bomba informativa. Hoy día, después de la caída del comunismo, la liberación de una buena parte de los archivos de la antigua Unión Soviética, las visitas programadas y el acceso a los ficheros de la Stasis, o de la antigua Inteligencia Checa, la cosa cambia.

A toda esa fuente de información tan rica que ya existe hay que añadirle otra que a pesar de ser incompleta y estar fraccionada no deja de ser tan o más importante que la anterior. Me refiero a las memorias y “apuntes” de los antiguos miembros del núcleo central de inteligencia soviética del PSP. Un grupo de publicaciones que, claro está, fueron autorizadas y censuradas en su debido momento, pero por separado y con largos intervalos de tiempo entre ellas. Eso trae una consecuencia imprevista para el castrismo: cuando esas informaciones se toman como un todo y se cotejan unas con otras la imagen que emerge es realmente desagradable para historiografía oficial. Una imagen que coincide, para colmo de diseminaciones, con todas esas historias que los familiares de los antiguos comunistas llevan décadas escuchando, unas veces en susurros y otras entre risas, y repitiendo como parte de un folclor que es —a pesar de su oralidad y su carácter de historia no oficial— muy coherente.

El castrismo puede recoger e intentar desaparecer las memorias de Lionel Soto, los apuntes de Flavio Bravo, la copia inédita del informe —que escribió a solicitud de la KGB— de Fabio Grobart, la papelería de Alfredo Guevara, las páginas censuradas del libro de Jorge Risquet, o los “cuentos” de Malmierca. Los castristas pueden dormir tranquilos pensando que Edith García Buchaca todavía admira al imbécil que acusó de traidor a su marido, que la hija de Carlos Rafael Rodríguez les debe lealtad, o que el ninguneo que decretaron sobre Norberto Fuentes está dando resultados. Pueden intentar todo eso para hacerle creer a su paupérrimo líder que la sacrosanta imagen de su histórica figura está bien protegida. La realidad, sin embargo, es que ya es muy tarde para eso.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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7 respuestas a Cartas guardadas

  1. Victor Mozo dijo:

    Contigo se aprende mucho, saludos.

  2. Pingback: “Cartas guardadas”. César Reynel Aguilera | La Reina de la Noche

  3. Güicho dijo:

    Coño, ¿abriste un blog… secreto? Si no me lo dice el KGB, no me entero.

    Bro, perdona la impertinencia de un imperfecto, pero no le metas el acento al “que” cuando es una conjunción subordinante aunque empiece una frase interrogativa. Un ejemplo ilustrativo: ¿Qué olor a tabaco es ese? ¿Qué tú quieres, chica? ¿Que me tomen por un tarrú?

    Abrazo

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