Monólogo de un tirano con Maquiavelo (Capítulo XII)

Maquiavelo-Geandy

Rejuvenecí. Volví a ser, salvando tiempo y distancia, aquel líder del triunfo reciente y las posibilidades infinitas. Nada me hacía sentir mejor que destruir a los que osaban retar mi poder, moler a esos que se atrevían a manchar mi imagen. Bola de cobardes que se refugiaban tras el imperio más poderoso que ha dado la historia de la humanidad para mancillar la grandeza de nuestra obra.

Volví  a ser aquel líder despiadado que los Romanos embridaban unas veces y desbocaban otras. El mismo tipo al que ellos se acercaban cautelosos para decirle: evita matar, pero si tienes que hacerlo, hazlo en grande; un hombre muerto es bandera, diez son pendones, cien se convierten banderillas y doscientos en una colección de flecos deshilachados.

En unos pocos años metí en prisión, exilié y accidenté a una buena parte de esos sujetos que amenazaban el futuro de nuestra gran revolución. Las manos justicieras de nuestros compañeros no temblaron ante nadie. Octavito, finalmente, había encontrado un trabajo que encajaba a la perfección con sus talentos. Lo vi crecer a mi lado y convertirse en un baluarte de nuestra lucha, en un combatiente que habría hecho reír de orgullo a su padre. Hasta Virología aprendió el muchacho para deshacerse de una de nuestras más acérrimas opositoras. A cada rato llegaba con un plan para la eliminación inmediata de alguien. A cada rato llegaba pidiendo permiso para sacar de este mundo al tipo que había usado nuestras propias leyes para dejarnos en evidencia. Tuve que aprender a contenerlo. Mira tú. Tuve que aprender a decirle, ordenarle, que ese tipo, al ser el más importante de todos, era intocable hasta que yo dijera lo contrario. Un error en ese sentido, le advertí, se pagaría con la vida.

Atiende para acá, Nicolás, que esta es la parte que más te puede interesar.

En algún momento, cuando los ajusticiamientos empezaron a acumularse, llegó mi hermano apendejado. Mi hermano, cuando tiene miedo se emborracha, se pone rimbombante  y habla catibías. Casi filosófico se torna el muchacho. Y así llegó para decirme que yo siempre había sido el más maquiavélico de nosotros dos. Atiende para acá Nicolás, que esto te interesa y no lo voy a repetir. Lo dejé que terminara, porque lo más importante que tenía que decirme, yo lo conozco como si lo hubiera parido, venía después. A él nunca le había importado que yo fuera el más maquiavélico de nosotros, a fin de cuentas, eran incontables las ocasiones en las que yo le había demostrado que el fin justifica los medios. Tuve que contenerme para dejarlo terminar. Con su lengua estropajosa de borracho agradecido diciéndome que  sacar a tanta gente de este mundo, aunque fuera con el fin de protegerlo a él, le parecía un medio muy exagerado, un combate más sentimental que político y un gran peligro; porque podíamos terminar desatando la ira del imperio y eso, los dos lo sabíamos bien, era lo último que podía pasar.

Tuve que contenerme para no darle un par de bastonazos. Mira, borrachito imbécil, le dije, atiende para acá. Maquiavelo nunca dijo que el fin justifica los medios. Eso es algo que algunos han querido inferir a partir de la lectura de su obra cumbre, titulada, por si no lo recuerdas, El Príncipe. Pero Maquiavelo, lo que se dice Maquiavelo, nunca dijo esa frase. Lo más cercano a esa frase es una que dijo un monje y dice así: Si el fin es lícito entonces los medios son lícitos. ¿Quieres que te diga el nombre del monje ese? ¿Quieres que te diga la frase en latín? So comemierda, porque cuando tú estabas tocándote el rabito con tus amiguitos ya yo estaba estudiando en un seminario, y me gradué.

Atiéndeme bien, siéntate ahí y atiéndeme bien. Yo me cago en ti, en los fines, en los medios, en todas las Lucrecias y en el imperio. ¿Y sabes por qué? Ahora mismo te voy a explicar. Los fines nunca han justificado ni justificarán los medios. Los que piensan así están condenados al fracaso. Porque hablar de fin es hablar de una meta alcanzable, y una vez que hayas alcanzado esa meta los hombres te pedirán otra y empezarán a juzgarte por los medios que utilizaste para alcanzar la anterior. Dale un vaso de leche a un hombre y te pedirá una vaca, dale una vaca y te pedirá diez terneros, dale diez terneros y empezará a preguntarse por la crueldad del ordeño, de la inseminación artificial o de un cencerro colgando un cuello.

Apréndete esto bien, so alcornoque, apréndetelo de la misma forma que yo lo aprendí de mis mentores: El fin es el medio. Parece un galimatías, pero no lo es. Si te propones fines alcanzables estarás limitando inmediatamente tus medios a aquellos por los que serás juzgado una vez que alcances tus fines. Ahora bien, si te propones fines inalcanzables estarás posponiendo eternamente el juicio sobre los medios que hayas utilizado. Esa es la grandeza de todas las utopías, de los futuros luminosos, de las salvaciones de las almas o de los paraísos llenos de huríes. Nunca llegan, y como nunca llegan, los juicios siempre quedan a la espera. Si quieres que te lo diga con un chistecito aquí te va el que se me ocurrió cuando mis mentores me explicaron esto: La grandeza de los Romanos está en las Calendas Griegas.

¿Por qué tú crees que el imperio no se deshace de nosotros? Tú sabes mejor que yo que podrían hacerlo en un abrir y cerrar de ojos, y sin perder un solo hombre. Una división de mujeres alcanzaría para sacarnos a patadas de este país y, sin embargo, no lo hacen. ¿Por qué tú crees que el imperio no se deshace de todos los tipos como nosotros que hay en este mundo? Bastaría una coalición militar y tres o cuatro cambios energéticos para derrocar a cañonazos o dejar colgando de la brocha a todos nuestros aliados en eso que a nosotros nos gusta llamar la lucha por un mundo mejor. ¿Por qué no lo hacen? ¿Sabes por qué?, porque luchar contra nosotros es lo más cercano a una utopía que ellos tienen, a una meta inalcanzable y, por tanto, a una enorme cantidad de juicios pospuestos. Si algo saben los políticos del imperio; si algo nos envidian esos tipos, es que ellos van, derrocan a un aliado nuestro, controlan grandes yacimientos de petróleo, logran que baje el precio de la gasolina en su país y pierden las elecciones. Sus ciudadanos, lejos de estarles agradecidos, llenan los tanques de sus autos, manejan, parquean bien cerca y se van a una manifestación para protestar por los medios que fueron utilizados para derrocar a nuestro aliado. Cuando eso sucede ¿tú sabes en qué nos convertimos nosotros ante los ojos de los políticos del imperio?, en verdaderos ídolos. Y ni que decirte cuando a uno de esos pobres tipos se le ocurre tocarle el pipi a una muchacha con la que no está casado.

¿Por qué tú crees que yo, cuando debía estar descansando y escribiendo mis memorias, decidí ocuparme del opositor ese? ¿Porque usó nuestras leyes para dejarnos al descubierto? Tú y yo sabemos que eso y  nada es lo mismo. ¿Porque es un agente del imperio? Tú y yo sabemos que eso es mentira. ¿Porque su popularidad crece? Tú y yo sabemos que eso es irrelevante. La razón fundamental por la que yo me ocupo de él es porque ese tipo no para de hablar de amor y perdón; y esas son las palabras esenciales de una utopía mucho más vieja y más sabia que la nuestra, una utopía mucho más peligrosa que mil imperios juntos.

Foto: Maquiavelo fix, por Geandy Pavón

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Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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