Monólogo de un tirano con Maquiavelo (Capítulo XI)

Maquiavelo-Geandy

Apaciguar al cojo y ganar tiempo. Mientras tanto, buscar a un compañero nuestro, un  Condotiero puro y honesto, de raza negra, con hijos y familia hecha. Llamarlo a una reunión muy importante. Mostrarle las imágenes del cojo fornicando negritas impúberes. Explicarle que poner a ese islandés ante la justicia de nuestro país podía ponernos en una situación muy delicada. Ese tipo está vinculado a los elementos más recalcitrantes y poderosos del neofascismo europeo. Los mismos que nos acusan constantemente de ser una tiranía, y que enseguida utilizarán ese argumento para rechazar cualquier prueba que presentemos contra el cojo de mierda ese. Eso no significa, sin embargo, que la alta dirección de nuestra revolución haya renunciado a la posibilidad de hacer justicia. Esa alimaña será ajusticiada, pero en aras de evitar problemas diplomáticos su ajusticiamiento tendrá que hacerse en su propio país. Necesitamos un compañero que esté dispuesto a encargarse de esa delicada misión. Tiene que ser un compañero de raza negra. Si todo sale bien y logra entrar, golpear, y salir sin ser detectado, no habrá problemas. Pero si todo sale mal y, como sospechamos, el cojo ese está protegido, nuestro compañero podría terminar preso. Entonces habría que usar la leyenda de que se trata de un obrero, un trabajador portuario, padre natural de una de las muchachitas perjudicadas, que aprovechó sus conocimientos y relaciones en el bajo mundo para averiguar nombre, país y lugar de residencia del abusador. Un hombre simple que se las arregló para  salir ilegalmente de nuestro país, en un barco de bandera griega, y navegó escondido hasta Islandia, pasando frío y hambre, para destimbalar al hijoeputa que le desgració a su negrita.

En tu época, Nicolás, era aceptado y hasta bien visto desflorar muchachas impúberes. En la mía eso era algo que se consideraba tan bajo y desagradable que muchas veces se usaba para desacreditar enemigos políticos. Te digo esto para que entiendas por qué a nadie se le ocurrió averiguar por la muerte del Cojo. Nuestro Condotiero llegó a Reikjavik unas horas antes que su objetivo, lo esperó tranquilo en su apartamento y, mientras esperaba, aprovechó para plantar todas las imágenes del Cojo seduciendo, fornicando y pagando por muchachitas cada vez más jóvenes. Llegó el Cojo y lo destimbalaron, literalmente, porque lo menos que le hizo nuestro Condotiero, después de hacerle pagar durante horas por todos sus pecado, fue cortarle los testículos y metérselos en la boca. Las imágenes que me trajeron de vuelta coincidían muy bien con las instrucciones dadas por los AB.

Resuelto el problema del Cojo, pero quedaba un vacío que teníamos que llenar cuanto antes. Vuelta a la lista de aquellos doce candidatos iniciales, y reunión para saber cómo iba el trabajo con cada uno de ellos, y cuáles eran los idóneos para recoger la antorcha que el traidor había abandonado. Esa vez, sin embargo, regresamos a las recomendaciones iniciales de los AB. Primero, hacían falta dos cables a tierra, con uno no bastaba. Segundo, los cables a tierra no debían estar al tanto, para nada, de su verdadera misión. Hasta el momento de consumar el hecho esos dos elementos tenían que estar convencidos de que sus contactos con nuestro enemigo político, y todas las acciones encaminadas a penetrar el círculo de confianza de ese opositor, tenían otro objetivo. Había que hacerles creer, a toda costa, que se trataba de una operación encaminada a reforzar sus respectivas imágenes políticas, dentro de sus respectivos países, en aras de reforzar, así, sus respectivas carreras.

Y ya era hora, sugirieron los AB, de traer a Octavito de vuelta.

Lo mandé a buscar y bajándose en el aeropuerto le pedí que viniera a verme. Encontró un anciano sin deseos de vivir. Tenías que haberme visto Nicolás, yo era un pobre hombre sin poder. Un viejito cañengo que no paraba de quejarse del poco caso que le hacía su hermano y del vacío en el que caían todos sus  consejos y recomendaciones. Nadie veía los peligros que yo veía, nadie quería aceptar que estábamos viviendo el momento más peligroso de nuestra gran revolución. Un proceso por el que habían dado su vida hombres tan puros como el padre de Octavito. Comparado con los peligros que yo veía, y nadie quería ver, la pérdida de aquella red nuestra dentro del imperio era un pecado menor, una tontería. El enemigo más peligroso estaba dentro de nuestro propio país, y eran todas esas ratas y sabandijas que se prestaban a los intereses del imperio y aprovechaban las carencias de un país pobre,  acosado y sitiado, para hacer contrarrevolución, para guapear porque se creían protegidos por ese asqueroso intento de injerencia en nuestra sagrada soberanía que el enemigo había bautizado como Operación Lucrecia.

Apátridas de mierda que olvidan la magnanimidad de nuestro proceso; porque toman nuestra agua, comen nuestros alimentos, respiran el aire que nosotros controlamos, caminan por calles que nos pertenecen, se refugian bajo los techos que nosotros apuntalamos y usan los medicamentos que nosotros vendemos. Hacen todo eso sin querer ver que la suerte de todos y cada uno de ellos la controlamos nosotros, y que la revolución, en su eterna magnanimidad, nunca antes había decidido darle mala suerte a esas marionetas del imperio. Pero eso iba a cambiar, estuviera mi hermano de acuerdo o estuviera en contra. Porque yo iba a usar el poco poder que me quedaba y las escasas horas de vida que tenía, para crear un grupo de hombres y mujeres que se encargarían, por primera vez en nuestra gloriosa historia, de darle mala suerte a unos malagradecidos que, a fin de cuentas, eran obra de la revolución que estaban traicionando.

Me hacía falta un cuadro con experiencia para dirigir ese grupo, un compañero conocedor de esos asuntos y, a su vez, con una gran lealtad hacia mi hermano. Una lealtad tan alta que lo hiciera estar dispuesto a trabajar a sus espaldas, junto conmigo, para salvarlo de sus propios errores. Nosotros habíamos tenido nuestras diferencias, pero cuando de salvar revoluciones se trata los verdaderos revolucionarios dejan a un lado sus broncas y aúnan esfuerzos. ¿Estaba dispuesto a trabajar conmigo en esas condiciones?

Los AB esperaban mi llamada afilándose los colmillos. Si Octavito se negaba ya ellos tenían listo el plan que en unas cuantas semanas lo llevaría al paredón. Pruebas recientes que levantarían sospechas sobre la pérdida de aquella red que el pobre tipo destimbaló. Entrevistas amistosas, al principio, para aclarar algunos puntos y entonces, unos días después, nuevas pruebas indicando que las respuestas no habían sido del todo honestas. Así, jugando con él hasta llevarlo al punto álgido de los interrogatorios despiadados, las drogas administradas, los bofetones y las patadas de un espectáculo que ellos llevaban mucho tiempo esperando, y del que no se perderían una sola función.

 Octavito aceptó.

Foto: Maquiavelo fix, por Geandy Pavón

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Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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