La adorable brevedad de los abrevaderos

Anna's-Hummingbird-male

Un lector muy enjuto confiesa leerme. Después se queja de la extensión de mis textos y me sorprende con un consejo inolvidable. Un buen post —dice— se deja leer con la misma facilidad con que se jala una línea de cocaína.

Nunca he jalado en mi vida. Sólo en las películas he podido ver cómo se hace. Si algún día las autoridades competentes deciden legalizar las drogas —cosa que, creo, deben hacer— puede que me atreva con un buen vino de Mariani. Le tengo demasiado cariño a mi olfato.

Atrevimientos aparte; cualquiera que haya intentado escribir sabe que hacerlo es, también, el arte de esconder y justificar nuestras limitaciones para la escritura. En eso, como en casi todo lo demás, no soy una excepción.

A lo largo de todos estos años de oficio me he ido construyendo, a retazos mal cortados, una larga lista de justificaciones y reafirmaciones —disfrazadas de argumentos— que intentan explicar por qué escribo como escribo. La más socorrida de ellas es de tipo glandular.

Los escritores, me gusta repetir, son tejidos altamente especializados en la secreción de una señal. Pedirle a un escritor que escriba de una forma o de otra es tan absurdo como pedirle a un páncreas que secrete testosterona, o a la otra glándula que secrete insulina.

Con respecto a la extensión óptima de los textos —otra de mis grandes limitaciones a la hora de escribir— también me he inventado una ristra de argumentos. Uno de ellos es que los textos, como los niños, nacen con  sus tallas codificadas, o sugeridas, desde el momento de la concepción. Unos vienen al mundo predestinados a ser centros en una cancha de básquetbol y otros, no menos importantes, a tener poco peso y espolear corceles.

Cuando esa explicación biológica falla me voy por la tangente social. Hablo de un mundo cada vez más adicto a la gratificación instantánea. Una cultura de comidas rápidas, de líneas jaladas, y de discusiones filosóficas alrededor de los bebederos. Una vida de placeres concebidos como una cadena interminable de entregas cortas y saciedades truncadas.

Llegado a este punto siempre introduzco una insinuación de heroica pertenencia y señalo que los escritores tienen la obligación de ir en contra de ese laconismo tan superficial –como líneas en cristales- que caracteriza al mundo de hoy.

Aquí debo terminar. Todas las justificaciones y reafirmaciones que me pueda inventar nunca alcanzarán a contrarrestar un hecho incontrovertible: en un mundo de escritores un lector es — aunque se queje— algo tan difícil de encontrar como un diamante. Mejor es cuidarlo.

Foto: Jim Burns

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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Una respuesta a La adorable brevedad de los abrevaderos

  1. Güicho dijo:

    Ya casi completo mi update del blog. Suerte que no empezaste hace un año. La verdad es que en mi caso no tengo dificultad para seguir tu estilo. ¿Será porque tampoco soy jalador de coca? De hecho, me interesa más el contenido que el estilo. No se me ocurriría sugerir “mejoras” de estilo a nadie, porque también pienso que el sueco no nació para el guaguancó. (Mira a Modig: si no siente los baches, ¿cómo podría sentir los tambores?) La ortografía es otra cosa. Esa es bienvenida. Tu tocayo Machetico y Manuel Sosa me destaparon algunas pifias cuando regresé a usar el castellano. (Ahora tengo menos erratas, pero también me falta fe.)

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