Monólogo de un tirano con Maquiavelo (Capítulo X)

Maquiavelo-Geandy

Con los cables a tierra, para colmo de males, las cosas también se enredaron.

Los análisis iniciales indicaron que teníamos una excelente cantera. Una larga lista de candidatos que fuimos decantando hasta quedarnos con doce —me encanta ese número— que reunían las características esperadas. Eso es poder Nicolás, ese es el poder de la solidaridad entre los pueblos, un poder que el imperio —al ser una sociedad individualista  y despiadada— nunca podrá entender. Una hermandad que emana de ese sentimiento natural y humano que tienen todos los hombres buenos de sentir como suyos el sufrir de otros hombres, aunque estén lejos, aunque hablen, vistan y coman distinto. Ese es el poder del internacionalismo proletario.

El mejor de nuestros candidatos, sin embargo, era un intelectual. En su puta vida había trabajado en una fábrica. Un islandés, un muchacho nacido y criado en Reikiavik. A la tierna edad de 23 años quedó lisiado de una pierna. Le dio por organizar una protesta contra el uso comercial de las aguas termales. Se puso a buscar un detergente que hiciera buena espuma en aguas muy calientes y con altas concentraciones de sales. Hizo varias pruebas en un laboratorio artesanal que se construyó. Y ahí estuvo hasta lograr lo que andaba buscando, unos paquetes de detergentes envueltos en unas membranas que tardaban varias horas en disolverse. Después fue y tiró todos esos paquetes en el fondo de un montón de geiseres de Islandia. Acto seguido se parapetó en el parlamento islandés con una camión cisterna lleno de agua con detergente. Cuando las membranas de los paquetes terminaron de disolverse y los geiseres empezaron a eyacular espuma, ante la cara asombrada de miles de turistas, el muchacho abrió la llave de su camión cisterna y puso a los parlamentarios islandeses a nadar en burbujas. Las imágenes que salieron en las noticias y en los periódicos eran muy bonitas. Eso le ayudo a ganar el más importante de los juicios que tuvo que enfrentar.

Cuando la policía fue a detenerlo se defendió como gato bocarriba. En la bronca que se formó el pobre tipo llevó la peor parte. Terminó rodando por una larga y resbaladiza escalera, dio mil tumbos y cuando llegó a ras de suelo ya tenía una pierna hecha talco. Puso una demanda contra la policía por uso excesivo e injustificado de la fuerza y, claro está, la ganó. Pagó una pequeña multa por una acusación de escándalo público que después terminó siendo tipificada como “performance artístico sin autorización”. Al final le quedaron un par de millones de dólares que le sirvieron para llamar nuestra atención. Sacó el dinero de su país, lo puso en una cuenta en ultramar, se compró un barquito, fue hasta el país donde tenía la plata, la sacó del banco, la metió en un par de bolsas y llegó a nuestras costas con una donación. A cambio intentamos arreglarle la pierna, pero el detergente y los escalones habían hecho un trabajo impecable.

Los compañeros nuestros que se encargaron de darle tratamiento a ese caso bautizaron al muchacho —con esa jocosidad que sólo puede surgir entre camaradas hermanados por la lucha y la admiración mutua— como Erick el Cojo.

Lo dejamos correr un tiempo. Lo fuimos verificando, no fuera a ser una carnada, y cuando nos convencimos de que era material trabajable, empezamos a darle tareas simples. Las cumplía bien, pero siempre se quejaba. Quería, pedía, exigía, entrar en la lucha verdadera. Le pedimos paciencia y un día, cuando estuvo listo, le dejamos saber que la lucha verdadera siempre está dentro de las filas del enemigo, pero pocos tenían el estómago, las agallas, los cojones y la solidez ideológica para meterse en algo tan duro. Por primera vez se quedó en silencio. Regresó al cabo de varias semanas y dijo estar listo.

Hay que reconocer que hizo muy buen trabajo. Regresó a Islandia, se vinculó a los partidos de derecha de su país y de toda Europa. Dijo que las aguas termales eran el símbolo de la sangre pura de los islandeses y jugó en sus discursos, sin comprometerse mucho, con la supremacía racial y el enriquecimiento selectivo del pool genético de sus conciudadanos. Se hizo experto en políticas económicas neoliberales y lamió cuanto culo hiciera falta lamer para escalar posiciones dentro de su partido. Varias veces lo hicimos entrar subrepticiamente en nuestro país.  Le dábamos instrucciones y directivas, lo entrenábamos en las técnicas que debía dominar para el trabajo con nosotros y, lo más importante, le regalábamos unas vacaciones de millonario. Qué manera de fornicar el cojo ese, qué manera de gustarle las negritas culonas y jovencitas.

Llegamos a pensar que estaba listo. Le hicimos saber la misión que teníamos para él. Nos escuchó atentamente y a mí me despertaron de una siesta par darme la noticia: Se negó el cojo. Se negó a cajas destempladas y hasta le dio por hilvanar un discurso. Nuestra lucha era ideológica, matar debía ser nuestro último recurso, él estaba dispuesto a matar, pero siempre y cuando se tratara de sacar de este mundo a imperialistas asquerosos y no a un padre de familia que, según se veía a todas luces, era una persona decente que tenía como único delito el de haberse opuesto a nosotros. Las revoluciones necesitan oposición, las revoluciones sin opositores pierden su capacidad de renovarse y de ser cada vez mejores. Cojo de mierda, borracho y desbocado, intentando explicarnos cómo se hacen las cosas sin saber que sus palabras lo convertían en un traidor, y firmaban su sentencia de muerte.

Llamé a los AB. Detuve el trabajo con la Red Zángano por un tiempo y les ordené que se ocuparan del cojo. Llegaron molestos a la reunión que convoqué. Muchas de las recomendaciones iniciales que ellos habían hecho fueron ignoradas. Ahora tenían que dejar de trabajar en algo importante para arreglar los errores de otros. Así son los gajes de ese oficio. Se pusieron a trabajar. Primero, seguir tratando al cojo a cuerpo de rey. Apaciguarlo y mostrar alguna fricción entre el compañero que le habló de la misión y el resto del equipo que atiende al cojo. A ver si se confía con uno de ellos y cuenta la conversación que tuvo anteriormente con ese compañero, si eso pasa hay que decirle que se harán las averiguaciones pertinentes, porque esa es una acusación muy dura que, de ser verdad, implicaría medidas disciplinarias muy severas. La revolución no mata a nadie que no tenga las manos manchadas de sangre. Esa es una ley muy vieja que nunca se ha violado. Quienquiera que intente violarla se ha vuelto loco o trabaja para el enemigo y quiere comprometernos.  Eso se paga.

Foto: Maquiavelo fix, por Geandy Pavón

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Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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