La pregunta

FAQ

Cada vez que escucho la famosa pregunta intento hacerle caso omiso al tono. A ese énfasis o retintín que muchas veces es de asombro, otras de indignación y las menos, cada vez menos por suerte, de reafirmación y reto.

¿Por qué no se cae el castrismo?

Después acoto que es mejor preguntarse por qué los totalitarismos de izquierda son inmunes a las revoluciones, o por qué, cuando se caen, lo hacen de arriba hacia abajo, o de afuera hacia adentro.

La respuesta que doy entonces —si los ánimos me acompañan— es una que he ido refinando hasta la sobre-simplificación, o el recurso mnemotécnico, de tres nombres: Maxim, Lenin y Mussolini.

En el año 1884 Sir Hiram Maxim inventó la primera ametralladora automática. Un engendro diabólico que dio inicio a un cambio radical en la correlación de fuerzas entre gobiernos y gobernados, o entre reprimidos y represores.

Se sabe, por ejemplo, que un mosquete del año 1789 era capaz de disparar cuatro balas por minuto. El primer modelo de la ametralladora Maxim, que fue mejorado de forma casi inmediata, disparaba 600 balas por minuto, del alcance y la puntería mejor ni hablar.

Pensemos, como un ejercicio teórico, que la ametralladora automática pudo haber sido inventada un siglo antes y llegó a estar emplazada, apuntando hacia afuera, en las almenas de La Bastilla o en el perímetro del Palacio de Versalles. ¿Se habría caído Luis XVI? Creo que es fácil aceptar —al menos en teoría— que habría sido mucho más difícil que eso sucediera.

Por suerte para gobernados y reprimidos cuando Maxim inventó su engendro ya el mundo occidental llevaba un buen tiempo de capitalismo, libertad individual, propiedad privada, elecciones más o menos democráticas y condiciones de vida cada vez mejores. Logros que si bien no garantizaban un equilibrio justo entre los de arriba y los de abajo sí impedían, de una forma imperfecta pero funcional, que ese desequilibrio fuera inmune a las revoluciones.

Para demostrarlo tenemos otro engendro diabólico. Me refiero a la famosa teoría de la revolución de Lenin. Un equívoco que puede ser descrito como el resultado práctico más sólido que se ha podido obtener a partir de una larga cadena de pifias teóricas. Un grupo de instrucciones —geniales para los amantes de las revoluciones— sobre el arte de desbancar gobiernos, agarrarse al poder, y nunca más perderlo.

Una de las cosas más interesantes que enseña la teoría leninista de la revolución es que, paradójicamente, las revoluciones sólo pueden suceder cuando existe cierto grado de bienestar material. Esa es una idea que se desprende de un famoso axioma marxista: los pueblos, antes de hacer arte, política, religión —o cualquier otra forma de eso que ellos llaman “conciencia social”— tienen que tener garantizadas sus necesidades materiales básicas.

En otras palabras: Las revoluciones no ocurren —dice el marxismo-leninismo— en esos países donde la gente pasa la mayor parte del tiempo pensando en qué comer, cómo vestirse o dónde guarecerse. Las revoluciones ocurren en esa franja estrecha —otro ejemplo del borde del caos postulado por Stuart Kauffman— en que la pobreza genera descontento y la riqueza alcanza para quejarse, organizarse, y armarse.

Otro elemento importante de la receta leninista es que el descontento, la queja, la organización y la violencia de los gobernados no son garantías de triunfo alguno. El poder de los gobernantes, ya desde los tiempos de Lenin, era tan grande que este se dio cuenta de que no bastaba con que los de abajo estuvieran listos para asaltar el poder. Hacía falta, también, que los de arriba no estuvieran dispuestos a defenderse; o sea, había que minar con trabajo político, recursos legales, mentiras, promesas, amenazas, violencia controlada, agitación, y mucha propaganda, la capacidad de respuesta de los gobernantes. Era necesario utilizar todas las ventajas que las democracias burguesas daban en materia de acceso, posesión y uso de la información, incluidas las leyes, para socavar todas y cada unas de las instituciones que interferían con la toma del poder.

Una vez alcanzado ese poder Lenin se dio cuenta que la mejor manera de defenderlo era anular todas y cada una de las condiciones que le habían permitido alcanzarlo. La primera y la más importante fue, claro está, el bienestar material. Y ahí sobrevino una contradicción que ningún marxista puede responder sin desnudarse. ¿Cómo es posible que siendo la ley fundamental de la economía política del socialismo “la satisfacción de las necesidades cada vez más crecientes de la población” no haya existido un solo régimen socialista capaz de cumplir esa ley? La respuesta —más práctica que  teórica— está en el viejo axioma leninista de que el valor de una revolución está dado por la capacidad que esta tenga para defenderse; y no hay mejor defensa del poder, dice el marxismo, que la miseria.

Justo es reconocer que en algún momento Lenin se dio cuenta que esa miseria llevaría a Rusia a un largo camino entre el capitalismo y el capitalismo. Algo que realmente sucedió  y que según parece  él intentó corregir con su Nueva Política Económica. El tiempo, por suerte o desgracia, no le alcanzó. Ese fue, sin embargo, el único ápice de poder que Lenin estuvo dispuesto a sacrificar; el resto —partido único, control férreo del ejército, de la policía, las leyes y los medios de difusión masiva— continuaron siendo los baluartes que garantizarían la sobrevivencia de su revolución, y de cualquier otra que estuviera dispuesta a seguir la misma receta.

Sólo una fisura quedó en el blindaje diseñado por Lenin. En su época los medios de difusión tenían una capacidad limitada a la hora de acceder y condicionar (programar) las conciencias ajenas. Leer, por ejemplo, es un proceso activo y engorroso que requiere de la existencia de cierto nivel de alfabetización. La radio, por su lado, es un proceso pasivo que no requiere de conocimientos previos pero que carece, por una razón puramente fisiológica, del poder de acceso y programación que tiene la imagen —la capacidad de transmisión de información del nervio óptico es varios órdenes de magnitud más alta que la del nervio auditivo—.

Ese fue el aporte macabro de Mussolini: usar la imagen, el cine, los estudios de Cinecitta, para bombardear a las masas con un alud de información, de imágenes, letras y sonidos, que empezaron por ser una realidad alternativa y terminaron convirtiéndose en la propia realidad. Un aporte que tiempo después, con el advenimiento de la televisión, llegó a ser tan eficiente que fue capaz de convertir la miseria en metas sobre-cumplidas, el abuso del poder en un derecho, el terror en una necesidad, y el polvo humano —las masas, el pueblo— en fango, arcilla y ladrillos para lapidar opositores.

Maxim, Lenin y Mussolini pueden ser usados, entonces, como tres puntos en el trazado de una línea que describe, de forma decreciente, el número de represores necesarios para controlar a una población. No tengo las cifras exactas, no sé si alguien haya intentado calcularlas o si algún día se hará. Lo que sí sé es que si en el año 1884 hacía falta —digamos— un 25% de la población para controlar al 75% restante, ya en el año 1959 esa proporción había sufrido un cambio significativo en favor de los represores. Un cambio que llegó a ser abusivo cuando esos represores aprendieron a convertirse en “fervientes partidarios” de la teoría  leninista de la revolución.

Ese fue el caso de Fidel Castro, que ya desde el mismo triunfo de su revuelta dejó claro que el suyo era un matrimonio perfecto con la receta de Lenin. A unos pocos meses de su llegada al poder el discípulo caribeño del ruso ya se las había arreglado, siguiendo las instrucciones de sus asesores del PSP, para controlar las armas, acabar con las elecciones, destruir cualquier vestigio de prensa independiente, convertir las leyes en papel mojado, el papel sanitario en un objeto de lujo y la justicia social en un sistema de miseria repartida que condenó a los cubanos, ya desde entonces, a pensar todo el tiempo en qué comer, cómo vestirse y dónde guarecerse.

Eso es algo, dicho sea de paso, que olvidan las personas que establecen una correlación entre el levantamiento del embargo y una mejoría en las condiciones de vida de los cubanos. Esas personas desconocen, o insisten en olvidar, que para el castrismo la miseria del pueblo es un baluarte en la defensa del poder. Es un mecanismo de permanencia que —para sumar insulto al daño— el propio tirano se ha encargado de expresar con toda claridad.

Para colmo de males Fidel Castro, además de usar la doctrina leninista de la revolución se convirtió, siguiendo las mejores enseñanzas de su admirado Mussolini, en el primer usuario extensivo y abusivo de la televisión. Aprovechó las posibilidades que esta ofrece para entrar en cada casa y se encargó, hablando y hablando como un loro enardecido, de machacar hasta el hastío un grupo de ideas que por simplonas y repetitivas han llegado a convertirse en algo cercano a un credo.

Si a todo ese blindaje castrista le sumamos el desarrollo alcanzado por las técnicas de represión policial llegamos a una situación verdaderamente inamovible. Alcanzamos un punto en el que la cifra de represores necesarios para controlar  a una población se acerca, peligrosamente, al porcentaje de psicópatas en esa población. A partir de ahí la lucha contra un régimen totalitario de izquierda deja de ser una lucha entre contrarios ideológicos, entre enemigos políticos o doctrinas económicas, y se convierte en una lucha entre un grupúsculo de psicópatas —armado hasta los dientes y con un poder casi absoluto— y una población normal pero extraordinariamente indefensa, hambreada y programable. Corea del Norte y Cuba se acercan, cada vez más, a esa descripción.

Por eso, cada vez que me preguntan por qué no se cae el castrismo tengo que reprimir otras preguntas,

¿Por qué la gente sigue pensando que los totalitarismos de izquierda se pueden caer? Hasta ahora la experiencia indica que  esos sistemas de gobierno sólo pueden ser desmontados de arriba hacia abajo —como es el caso de la URSS y de sus ex-provincias del pacto de Varsovia— o de afuera hacia adentro —como es el caso de Kampuchea con la intervención Vietnamita—. En ausencia de esas dos posibilidades esos regímenes sobreviven indefinidamente. Unos lo hacen parasitando las remesas de sus emigrantes o alguna que otras migajas de ayuda internacional, y otros, como es el caso de Corea del Norte, acostumbrando a sus súbditos a morir de hambre.

Hay otras preguntas que también reprimo o escondo cuando alguien insiste en decir que el castrismo es vulnerable a las primaveras: ¿Cómo es posible que existan opositores en Cuba? ¿Cómo es posible que exista gente que —lejos de emigrar como hice yo— decida quedarse y enfrentar a una banda de psicópatas que controlan el país absolutamente? ¿Cómo es posible que exista gente dispuesta a morir por un pueblo que a fuerza de vivir aterrado, hambreado y programado, sólo puede responder a ese sacrificio con indiferencia u hostilidad? ¿Cómo es posible que de ese pueblo, maniatado hasta en su esperanza, surjan cada vez más personas dispuestas a elevar su voz para decir: basta ya?

La única repuesta que tengo para esas preguntas es la profunda admiración que durante toda mi vida he sentido por el género humano.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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8 respuestas a La pregunta

  1. Family guy dijo:

    bro, es rumania la excepcion de la regla?

  2. Antonio dijo:

    Siempre lo simplifican todo a un pueblo maniatado y miedoso; pero en esta teoria no dice que el enfrentamiento al poder ocurre por parte de una elite segregada (disidente) capaz de legitimarse en una representacion efectiva del pueblo, que la sostendria. Eso al menos fue lo que paso con el dictador cubano , y si la actual disidencia no puede generar la misma fuerza podria o deberia pensar que la legitimidad no es retorica nunca, tambien depende de la confianza que genere; y en eso, amigo, nuestra disidencia deja mucho que desear; nada mas hay que ver la perrera y el artistaje que arman cuando se exilian para comprender lo incomprensible.

    • Antonio,
      Además de maniatado y miedoso es un pueblo hambreado y programado. No es lo mismo. Los pueblos maniatados y miedosos pueden alcanzar a sublevarse, pero los que además de eso pasan hambre y sufren un condicionamiento pavloviano la tienen mucho más difícil. No es imposible, porque ya sabemos que los seres humanos son capaces de hacer cosas increíbles, pero es bien difícil.
      La idea de que el castrismo fue sostenido por el pueblo es una idea que el propio castrismo se dedicó a construir e imponer después de haber alcanzado el poder. La pura realidad es que la inmensa mayoría de los cubanos no se sumaron a la lucha contra Batista y miraron al castrismo con indiferencia o franco recelo.
      Una prueba de esto se puede encontrar en el comportamiento del primer grupo de castristas, que se supone que haya sido el grupo más seleccionado e incondicional a las supuestas ideas de Fidel Castro. Me refiero a los asaltantes del Cuartel Moncada. Hoy se sabe, y está bien comprobado, que muchos de ellos fueron llevados a la famosa Granjita Siboney sin saber que iban a asaltar el Cuartel de marras y, cuando se enteraron, muchos dijeron que no. Vaya líder.
      El famoso liderazgo de Fidel Castro fue impuesto a fuerza de violencia y abuso de poder. En ausencia de esos dos catalizadores Fidel Castro nunca pudo atraer masas, convencer multitudes o ganar elecciones. La razón de eso radica en el hecho de que sin una pistola encima de la mesa el supuesto líder de los cubanos se convierte en una figura extraordinariamente ridícula y cómica. Álvarez Guedes lo habría derrocado en unos cuantos meses.
      En cuanto a lo que dices de la disidencia cubana de hoy, tengo que reconocer que me recordaste los insultos que la propaganda de Batista usaba para referirse a los castristas —“muerde y huye”, facinerosos, terroristas, delincuentes, etc.— Lo interesante del caso es que en todos esos insultos de Batista había un elemento de verdad, pero la verdad no era esa. La táctica guerrillera, por ejemplo, está basada en morder y huir; los hermanos Ameijeira eran mariguaneros y delincuenciales; las células de acción y sabotaje practicaban el terrorismo duro y puro. Pero la realidad, o la verdad, era que dentro de la lucha contra Batista, como dentro de la disidencia de hoy, había de todo como en botica. Había gente pura, valiente y honrada; había gente tarada y había, claro está, delincuentes de todos los estratos sociales, incluido el propio Fidel Castro.
      Con todo esto quiero decir que todo aquel que aspire a que la disidencia contra el castrismo esté hecha de disidentes perfectos lo mejor que puede hacer es irse a Cuba y meterse a disidente. Mientras tanto eso es lo que hay, y ante ellos —y ellas— me quito el sombrero.

      • reginaldo dijo:

        Cesar, sigues siendo retórico, así mismo ellos pueden decir lo contrario y demostrarlo, porque eso es como citar la bíblia, y no hay nada más subjetivo que una visión de la realidad. Mientras no se reconozca que hasta los rimeros veinte años por lo menos la revolución fue legitimada por el pueblo no hay nada que hacer, pueden seguir con lo mismo que el efecto es lo que importa. En cuanto a la disidencia, no se trata de disidentes perfectos sino con sentido comun; si tampoco puedes reconocer la francachela indignante y la hasladera de pelos a ver cuál es más “intelectual” una vez que se exilian, tampoco llegaremos muy lejos. ¿Te fijas cómo pongo el énfasis en el momento en que se exilian? es porque en ese momento es cuando muestran su verdad, pero que antes no se les pudiera demostrar no los hace más creíbles… es que el olfato no engaña.

      • Reginaldo,

        Quieres ver palabras (retórica) cuando hablo de hechos. Fidel Castro nunca ganó una elección democrática. Eso es un hecho. Las masas nunca le dieron bola. La escisión de la primera célula castrista (allá en la Granjita Siboney) es también un hecho. El terror instaurado desde el mismo triunfo de la revuelta ya nadie se atreve a negarlo. No hay un ápice de esa retórica que tu quieres ver, quizás para evitar la incomodidad ideológica que esos hechos generan.

        La subjetividad de nuestra visión de la realidad puede durar hasta que estamos parados en medio de la calle y viene un camión, en ese momento hasta Berkeley recomienda quitarse del camino. Los hechos son así: aplastantes como los camiones.

        La revuelta castrista (tengo más respeto por la palabra revolución que la mayoría de los revolucionarios de este mundo) fue legitimada por las armas y por la violencia, eso, desgraciadamente, es también un hecho. Fidel Castro nunca se atrevió a hacer elecciones democráticas (voto secreto y directo, conteo independiente y verificación de los resultados). De haberlas hecho es muy probable que habría ganado la primera (año 1960, digamos) por un amplio margen, las segunda (1964) por unos cuantos votos y la tercera (1968) la habría perdido desastrosamente. Pero nunca se atrevió, y eso es un hecho.

        La idea de que el pueblo legitimó los primeros veinte años del castrismo es un gran mito. Es una construcción ideológica que insiste en esconder los miles de alzados, los más de cien mil detenidos en la víspera de Playa Girón, y el brutal aumento del número de cárceles y “campamentos de reeducación” (UMAP incluida) en los años sesenta. Eso sin contar los éxodos masivos.
        Claro está que para la torcida lógica castrista esa enorme cantidad de cubanos no cuenta como “pueblo”.

        En cuanto a los disidentes, me niego a hablar de ellos en plural, me niego a seguir esa práctica castrista de meter en el mismo saco a un grupo extraordinariamente heterogéneo de personas. Si alguien quiere denigrarlas creo que lo primero que debe hacer –además de respetar las inteligencias ajenas– es tener la decencia y el coraje de criticarlas caso por caso, persona a persona, nombre a nombre, y no en grupos y desde el anonimato. Eso huele a lo peor de Cuba, eso huele (y en eso el olfato tampoco engaña) a castrismo de la peor de calaña.

  3. Güicho dijo:

    Me gusta este abordaje del tema. Ahora bien, no hay nada más duro y patente que las matemáticas. Y estos números demuestran que Cuba no puede sacudirse el castrismo.

    • Güicho, los dos abordajes se complementan, y los dos tienen detrás, uno de forma cualitativa y el otro de forma cuantitativa, la teoría leninista de la revolución. Los totalitarismos de izquierda son fuente de verdaderos cataclismos demográficos. Las represiones y las escaseces, las guerras y las migraciones traen muchos muertos y muy pocos nacidos. Eso es algo, claro está, que contribuye a la perdurabilidad de esos sistemas. La clave, sin embargo, me parece que está en las condiciones iniciales, quiero decir, en ese grupo de acciones tempranas –eliminación de la propiedad privada, control absoluto del ejército, represión brutal, monopolio ideológico, etc.– que son las que generan todas esas consecuencias, incluidas las demográficas, que hacen imposible la sacudida ulterior. Por otro lado, habría que ver cuál era el delta generacional en la Hungría de 1956 y en la Checoslovaquia de 1968. Imagino, si tomamos en cuenta que ambos países había salido recientemente de la 2da Guerra Mundial, que no era muy favorable a las revueltas y, sin embargo, sucedieron y fueron aplastada.

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