Monólogo de un tirano con Maquiavelo (Capítulo IX)

Maquiavelo-Geandy

Se trataba de un plan concebido con muchos años de antelación. Una década al menos, quizás más. Sobraba el tiempo. Cinco o seis años para que Octavito, de error en error, fuera entregando la red que queríamos entregar; y cinco o seis años más para irlo llevando, con palos y zanahorias, hasta el punto de hacerle una oferta que no podría rechazar.

Durante ese tiempo, también, iríamos trenzando a esos elementos solidarios que después serían tan importantes a la hora de crear dudas y disipar represalias. Esos cables a tierra tenían que ser muchachos jóvenes, llenos de buenos deseos  y con un alto nivel de incondicionalidad. No podían ser ciudadanos del imperio y tendrían que estar dispuestos a dejarse guiar por nuestros Condotieros sin hacer muchas preguntas ni reparar en remilgos. Sus leyendas tendrían que ser bien sólidas y para poder construirlas, de forma adecuada, ellos tendrían que estar dispuestos a militar dentro de las filas de nuestros más acérrimos enemigos. Al mismo tiempo, tenían que estar dispuestos a comprometerse con nosotros de una forma irreversible.

Como es costumbre, Nicolás, esas cosas nunca salen del todo bien. Un elemento importante del plan era, por ejemplo, mi salud. Según la idea de los AB nuestro enemigo debía ser eliminado en el ocaso de mi vida, o sea, durante ese limbo que media entre la muerte política de un estadista y su muerte real. De esa forma la responsabilidad final de la eliminación caería sobre mis moribundos hombros y no sobre la testa, todavía viva y con supuesto futuro, de mi pobre hermano. Te digo esto porque, en contra de lo planificado, mi salud emporó antes de lo previsto.

Fue una suerte que Octavito hiciera un trabajo tan rápido y concienzudo destimbalando la red que pusimos bajo su mando. Un agente del enemigo no lo habría hecho mejor. Llegó a nuestra embajada en el imperio, se puso al frente de la operación y  en unos cuantos meses ya el desastre estaba hecho. Dejó en evidencia nuestros sistemas de comunicación, escogió los peores medios, lugares y personas para establecer contactos, se dejó provocar por cuanta carnada tonta le puso el enemigo y —ya en el punto cimero de su imbecilidad— fue incapaz de darse cuenta que lo habían detectado, que estaba penetrado y lo estaban usando para jugar al gato y al ratón.

Dos de sus hombres, dos subalternos que estaban al mando de un par de células de contra-chequeo y verificación, se dieron cuenta del desastre que se avecinaba y salieron echando un pie. Sólo esos dos se salvaron, el resto, incluida la joya de la  corona, fueron apresados y hablaron hasta por los codos. Detalle interesante, dentro de los más de cincuenta agentes que nos apresaron estaba E, uno de aquellos estudiantes que participaron en el robo de los exámenes y que, como bien indica su letra, fue de los que más tardó en hablar. Cuando los Condotieros del imperio le ofrecieron que hablara a cambio de vida, libertad y dinero, se negó a hacerlo. Le echaron treinta años de prisión. Eso lo convirtió de inmediato en un héroe de nuestro glorioso proceso revolucionario. Aunque nunca vamos a saber si no habló por puras convicciones o porque los AB, a pesar de que eso habría sido una cobertura perfecta, siempre se negaron a dejar que su familia se reuniera con él allá en el imperio. Quedaron del lado de acá y hoy claman por su liberación.

Una confesión Nicolás, y que quede entre nosotros, tremenda hembra la mujer esa del E.

Con Octavito también faltó poco para que se nos jodiera la cosa. Su inmunidad diplomática y la falta de imaginación lo pusieron de vuelta con nosotros. El único problema fue que su expulsión del imperio, lejos de ser una medida sutil y diplomática, fue un escándalo que salió en casi todos los periódicos. Nada que pudiera afectarnos mucho. Esa eventualidad estaba prevista. Lo que no previmos, sin embargo, fue que gracias al escándalo y a los periódicos se enterara la gorda hija del más connotados de nuestros verdugos, que ya para esa época llevaba varios años divorciada de Octavito y se negaba a perdonarle que la hubiera dejado por una mujer más joven. El caso es que se las arregló la gorda para averiguar en qué vuelo venía… y  se fue a esperarlo al aeropuerto.

Alabado sea el señor de las tinieblas, lo menos que le dijo la gorda fue “ahora si te van a dar aspirina, so maricón”. Gritando a todo pecho en la sala VIP. Gorda viperina que sabía muy bien lo que estaba haciendo. Le estaba apostando al fuerte rasgo suicida que tiene Octavito en su personalidad. Y casi lo logra la muy cabrona. Fue una suerte que los AB estuvieran mirando la escena desde la oficina secreta del aeropuerto y ahí mismo decidieran que Octavito debía ir preso y tenía que entregar su arma inmediatamente. Tuvimos que improvisar; porque en realidad el plan era darle unos días, dejarlo meditar sobre la grandeza del desastre que había provocado y después enfrentarlo a mi ira.

Las cosas se aceleraron. Fue preso, lo pusimos bajo vigilancia constante y al cabo de unas cuantas horas entré en el cuarto donde estaba guardado y le dije hasta del mal que iba a morir. Pobre muchacho, me miraba con los mismos ojos con que me miró su madre el día que le dije que teníamos que dejar de vernos. Desconsuelo total, piso perdido bajos sus pies, caída libre sin dejar de mirarme, hombros caídos y bigote sudado. Pobre tipo. Ahí lo dejé, concluso para sentencia y esperando su analgésico durante unos días que tienen que haberle parecido una eternidad. Al cabo de ese tiempo, según lo planeado, entró mi hermano en el cuarto y le dijo: arriba, que te vas conmigo. Lo llevó para su casa y se sentaron a tomar alcohol. Mi hermano se pone parlanchín cuando toma; y sus parlamentos, según lo planeado, fueron acerca de todos los desastres que yo había hecho durante mi vida de revolucionario, todas las imbecilidades que había cometido sin que a nadie se le ocurriera pensar que debía pagar por ellas, porque las revoluciones son así, Octavito, improvisaciones constantes y reveses convertidos en victorias.

La grabación de esa conversación me dejó muy satisfecho. Mi hermano borracho y hablando de mis errores, de lo poco que me quedaba por vivir y de cómo serían las cosas cuando él heredara el mando oficialmente, porque ya en la práctica era él quien mandaba. Y para demostrarlo, dos cosas: la primera —que ya estaba planificada por nosotros—, tómate un mes de vacaciones y después te vas de embajador para un país donde tenemos intereses muy importantes y profundos. La segunda, pura ocurrencia de borracho: ahora mismo vas y me le das una buena pateadura a la gorda de mierda esa. Qué se habrá creído.

Foto: Maquiavelo fix, por Geandy Pavón

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Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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3 respuestas a Monólogo de un tirano con Maquiavelo (Capítulo IX)

  1. Family guy dijo:

    jajaj, que bien brother, saludos

  2. iyamiami dijo:

    Me encanta, he disfrutado muchisimo todo tu blog.
    Veo que has tirado a mondongo la invitacion a visitar los Gatos. No quisiera abundar aqui en terreno personal, pero me come la curiosidad….podria enviar a elblogdelos4gatos@gmail.com un email donde pudiera conversar muy brevemente contigo Reynel?
    Despues de exprimirme los recuerdos….chico tu tienes que ser el hijo de Thais.

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