Monólogo de un tirano con Maquiavelo (Capítulo VIII)

Maquiavelo-Geandy

 

Unos bichos implacables esos AB.

La última y más importantes de sus manipulaciones la dejaron para el final y, como buenos Condotieros, la ejecutaron en silencio.

Para que el plan operativo que ellos estaban proponiendo pudiera funcionar de forma óptima hacía falta, explicaron, que la red que ellos querían sacrificar fuera detectada y desmantelada por culpa de los errores en el trabajo de esa red y no a partir –como era habitual en la era de los dinosaurios– de la cacería y el sacrificio de los nuestros por los nuestros.

Atiende para acá Nicolás, que esto es importante.

Te veo apático, ¿tú sabes?

En mis buenos tiempos la apatía era un pecado capital.

Mira, eso es importante porque lo que esos dos cabritos me estaban diciendo era que hacía falta poner al más inepto de nuestros hombres al mando de la red que ellos querían sacrificar. Darle esa misión como una prueba irrefutable de la confianza que las revoluciones tienen en la capacidad de los revolucionarios para crecerse ante las dificultades y redimirse, a como dé lugar, de antiguos errores y flaquezas.

Agarrar al más alcornoque de nuestros tarugos y decirle: Fíjate bien, por lo que más tú quieras, no la vayas a cagar está vez. Esta es la red más importante que hemos tenido. Llevó décadas construirla y para poder explotarla como se debe hay que usar la imaginación y ser agresivos, porque en este caso, una vez más, la mejor defensa es el ataque.

Después era cuestión de sentarse a esperar.

¿Quién podía ser ese tarugo?

Octavito. Quién si no.

Los AB nunca mencionaron el nombre, pero estaba claro que ese era el tipo que tenían en mente. Un cristianito que gracias al viejo principio de la compartimentación nunca se enteraría que su verdadero destino, el de ser un mísero verdugo, fue decidido muchos años antes y por unos condiscípulos que él había detestado hasta la burla y el escarnio. Dos muchachos que nunca hablaron cuando él habló, y que nunca le perdonaron las burlas, abusos y humillaciones que les hizo sufrir por un pecado tan simple como el de haber querido hacer pareja entre ellos, y no con una gorda infumable.

Las ventajas del plan propuesto, siguieron explicando los AB, eran muchas. El enemigo quedaría convencido de nuestra incapacidad y, con un poco de suerte, podría bajar la guardia en el momento en que nosotros estaríamos insertando nuestra Red Zángano. La joya de la red recién sacrificada, a su vez, vería nuestra chapucería como una prueba irrefutable de nuestro desprecio por ella y, como se esperaba y necesitábamos, hablaría hasta por los codos. Por último, pero no menos importante, Octavito, ajeno a todo y con tan poca imaginación como para desertar, regresaría a nuestros brazos con el mérito de haber logrado el mayor descalabro en la historia de nuestros Condotieros. Eso, mezclado con unos cuantos gritos y tres o cuatro caricias, lo dejaría listo para convertirse en el jefe de los verdugos que se encargarían de eliminar al tipo que queríamos fundir.

¿Te das cuenta de la complejidad, Nicolás? Hace un rato te dije que hoy día, una vez decidido que un hombre debe morir, empieza el largo y frustrante camino de escoger el cuándo, el cómo  y —sobre todo— el quién. La cosa, sin embargo, es mucho más compleja. Y ahí estaban los AB para recordarnos eso. Si difícil resultaba escoger tiempo y lugar, mucho más difícil era entender que con un solo “quien” no alcanzaba para un trabajo elegante.

Deja ver como hago para explicarte.

¿Tú sabes lo que es un pararrayos? Oye Nicolás, ya estás cayendo en la falta de respeto. Deja la pescadera y atiende para acá. Responde a mi pregunta, ¿tú sabes lo que es un pararrayos? Coño, qué bueno, porque ponerse a explicar eso ahora habría sido un lio. ¿Benjamín estuvo aquí?

Bueno, así más o menos lo explicaron los AB. Nos hacía falta que un rayo partiera a ese enemigo; pero si no andábamos con cuidado y no éramos capaces de disipar la energía de ese rayo –una vez que hubiera partido a nuestro enemigo– corríamos el riesgo de que nos partiera a nosotros mismos. La Operación Lucrecia colgaba sobre nuestras cabezas como una espada de Damocles. Para evitarla hacía falta un mecanismo de disipación.

Esquemáticamente la cosa quedaba así. La nube de la que saldría el rayo sería este humilde servidor. El golpe mortal de la descarga sería obra de cualquiera de esos electrones enloquecidos que tanto abundan en las revoluciones. Entre la nube y el pararrayo estaría el enemigo que íbamos a fundir. Por debajo de nuestro enemigo, y en la mismísima punta del sistema de disipación, estaría nuestro querido Octavito absorbiendo heroicamente cuanta energía negativa fuera posible y disipándola a través de unos cables a tierra.

Dejé que terminaran de exponer el plan y antes de aprobarlo pregunté por el único punto que no me quedó  claro. Los cables a tierra esos, ¿dónde están?

No están, no existen, hay que hacerlos, pero sobra el tiempo para trenzar y emplazar tantos cables a tierra como nos hagan falta.  Sólo necesitamos revisar las listas de todos los elementos solidarios que llegan a nuestras embajadas. Analizar esas listas teniendo en cuenta los requerimientos de este plan operativo y, en consecuencia, escoger un grupo de elementos solidarios que reúnan las características adecuadas.

Yo los escuchaba hablar y me daba cuenta que aquel mundo ya había dejado de ser el mío, el de aquellos Romanos que tantas veces lograron asombrarme, o el de mi pobre hermano. Es otra cosa, Nicolás, es algo tan difícil de explicar que ahora, cuando quiero hacerlo, sólo puedo pensar que yo no quiero estar en el mismo infierno al que irán esos chiquillos, aunque sean obra mía.

Foto: Maquiavelo fix, por Geandy Pavón

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Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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