Monólogo de un tirano con Maquiavelo (Capítulo VII)

Maquiavelo-Geandy

 

Si algo bueno tiene enfrentarse al imperio más poderoso que ha dado la historia de la humanidad es la posibilidad de cultivar esa imagen, romántica y heroica, de David enfrentándose a Goliat.

El romanticismo político empezó con el zumbar de esa onda, y el mundo, todavía hoy, está lleno de románticos que se hipnotizan con el revuelo de la mía.

Ven a nuestra revolución en su pose de David y enseguida olvidan, como buenos soñadores que son, a los millones de insectos, ciudadanos, compatriotas y revolucionarios que yacen bajo las sandalias del enano que dice estar enfrentándose al gigante.

Pero hay que reconocerlo, Nicolás, es una imagen que paga muy bien.

Raro es el día en que no llega a alguna de nuestras embajadas –que tenemos desperdigadas a todo lo largo y ancho de ese mundo– una persona que dice estar dispuesta a los más duros sacrificios para ayudar a construir un mundo mejor. La inmensa mayoría no pasa de ser un vejigo o una vejiga con un brote de sarampión revolucionario. En cuanto cede la fiebre regresan a sus burguesas vidas con un profundo convencimiento del deber cumplido. Eso sí, todos y cada uno de ellos son analizados, filtrados, seleccionados y trabajados según la utilidad que puedan tener para nuestros Condotieros. La inmensa mayoría no pasa de ser un estorbo y una pérdida de tiempo, pero otros, los menos, pagan con creces nuestros esfuerzos.

El caso es que Abel y Abelardo necesitaban hacer una diseminación; y para que pudieran hacerla yo tenía que autorizarla y, como estaban las cosas ellos sabían que iba a ser muy difícil que yo la autorizara. Así que los muy cabritos decidieron manipularme y me intoxicaron con el miedo a la Operación Lucrecia. Uuuuy, pórtate bien. Uuuuy, el enemigo, desde allá arriba, muy bien que te mira. Uuuy, si el enemigo demuestra que te cargaste a un opositor, estás frito. Después presentaron la diseminación que necesitaban como parte de la operación que llevaría a la eliminación física de ese opositor; pero de una forma tan elegante que el enemigo, aún sabiendo que nos habíamos cargado al tipo, nunca sería capaz de presentar pruebas suficientes como para justificar una acción contra nosotros.

El plan me gustó.

Eso de que me estuvieran manipulando me tuvo sin cuidado. A fin  de cuentas los Romanos lo habían hecho durante décadas sin que a mí me molestara mucho. Un día se lo dije al más insignificante de ellos y me desarmó con su respuesta: Nadie, me dijo, puede manipular lo que no conoce, y a ti el te conoce, te respeta… y te teme.

Ah, como extraño a mis Romanos. Me manipulaban hasta para decirme que me estaban manipulando. Venían de un mundo mucho más simple que el que dejé. Infiltraban compañeros que después ayudaban a infiltrar a otros compañeros. Así de simple. Un poco retorcido para algunos, pero nada complicado.

En el mundo de Abelito y Abelardito se trabaja con redes como si fueran individuos. Redes construidas con todo lo que se tenga a mano. Monstruos hechos con compañeros muy aguerridos, sabandijas chantajeadas, putas bien pagadas, imbéciles engrandecidos y tontos útiles que llaman a las puertas de nuestras embajadas. Todo mezclado, Nicolás, todo bien batido en unos Frankensteins que nuestros Condotieros manejan a su antojo y van llevando, con paciencia y un ganchito, hasta donde quieren. Redes que sirven para ayudar a infiltrar otras redes que después ayudarán, con su sacrificio, a allanar el camino de las que vienen detrás.

Así empezaron los AB. Desde cero y cuando eran casi unos niños. Con muy pocos recursos y una red que era tan chiquita que ellos bautizaron como Guasasa. Empezaron a crecer y pasaron, después de muchos años de trabajo paciente e implacable, a la Red Mosquito, a la Red Mosca, a la Red Abeja y por ahí para allá en un desarrollo entomológico imparable que los llevó a tener bajo su control una enorme cantidad de recursos, y un grupo de espías tan bien posicionados dentro del imperio que sacrificarlos podía parecer cosa de locos.

Esa era la diseminación que ellos necesitaban hacer. Esa era la red que ellos querían sacrificar para así facilitar la escalada de otra red que ya estaba lista para ocupar su espacio. Una diseminación que en buena ley yo debía autorizar, porque ya desde el principio los AB habían dicho, de una forma muy clara, que el punto cimero de su trabajo sería la Red Cocuyo. Un entramado de espías que tendría como misión convertir en innecesario el verbo espiar. Porque no sería un grupo de mujeres y hombres averiguando las futuras acciones de nuestros enemigos para informarnos con antelación. No, eso, según los AB, era cosa del pasado. De lo que se trataba era de lograr que nuestros hombres y mujeres fueran los encargados de decidir esas acciones, de forma tal que sus decisiones, controladas por nosotros a grandes rasgos, nunca fueran verdaderamente nocivas para nuestros intereses. La Red Zángano, si todo salía bien, sería nuestra red a nivel del gobierno del imperio. La Red Cocuyo, considerada como el punto cimero en la lucha de la humanidad por un mundo mejor, sería nuestra red a nivel de esos pocos, poquísimos, que quitan y ponen los gobiernos del imperio.

El plan me gustó, pero era peligroso. Era como regalar un póker de ases con la esperanza de poder marcar las cartas del juego. Si no funcionaba corríamos el riesgo de perder güira, calabaza y miel. Pero los AB hicieron un buen trabajo manipulándome. Me metieron miedo con la Operación Lucrecia. Hablaron de la ventaja que nos daría parecer vulnerables en el momento de transferir el poder a mi hermano. Explicaban que después de haber perdido nuestra red el enemigo pensaría que nuestra derrota, una vez encarcelados nuestros mejores espías, sería cuestión de tiempo. Aseguraron, a partir de un profundo estudio psicológico, que la joya de la  red que entregaríamos, la espía al más alto nivel de ese grupo, hablaría hasta por los codos y daría a sus interrogadores, a cambio de la vida, todas las informaciones que ellos le habían inoculado. Informaciones que, una vez procesadas por los Condotieros del imperio, llevaría a un grupo de controles y reorganizaciones que abriría el espacio que ellos iban a ocupar con la red que ya tenían lista.

Unos bichos esos chiquillos.

Foto: Maquiavelo fix, por Geandy Pavón

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Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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