Monólogo de un tirano con Maquiavelo (Capítulo VI)

Maquiavelo-Geandy

Cayo Murcio Escévola. Tú conoces esa historia mejor que yo, Nicolás. Ya los Jesuitas —que disfrutan esas heroicidades hasta el paroxismo— me habían hecho el cuento de ese romano. Un tipo que estuvo dispuesto a meter su mano derecha en una hoguera viva para salvar a Roma de una invasión Etrusca. Se quedó zurdo por la gracia, y a partir de ese día le llamaron Escévola, que en latín quiere decir zurdo.

Y ahí estaba ese otro Romano, pequeñito, insignificante, casi nulo, volviéndome a contar una historia que yo conocía para decirme después, con su acentuado acento, que ellos se ponían nombres de emperadores romanos por razones de clandestinaje, pero también para dejar claro que estaban dispuestos a dar sus manos, sus cuerpos y las sacrosantas almas de una moral obsoleta, para defender a la Causa.

Se me congelaron los calcañales, Nicolás.

Inmediatamente tomé dos decisiones, la primera, evidente, fue autorizar que le dieran mala suerte al más connotado de mis verdugos; a fin de cuentas, su trabajo ya estaba hecho. Ya el tipo había limpiado mis establos y, de alguna forma, empezaba a estorbar. Ver como hicieron los Romanos para sacarlo del juego fue como ver una obra de arte en proceso de creación. Lo fueron llevando de mala suerte en mala suerte hasta que se lo sirvieron en bandeja de plata a mis enemigos. Regresó convertido en la más hermosa bandera.

La segunda decisión que tomé, profunda y escondida pero inapelable, fue jurarme que nunca, bajo ninguna circunstancia, pasara lo que pasara, se me podía ocurrir darme el lujo de cargarme a uno de esos Romanos. Hicieran lo que hicieran, no importa. Podía insultarlos, degradarlos, condenarlos a prisión domiciliaria, acusarlos de ser espías del imperio, mandarlos al exilio o al carajo, pero de matarlos nada, no, niet. Y así lo hice. Con la suerte no se juega, Nicolás.

Hay un mundo de información en ese niet, pero no quiero atiborrarte.

¿Atiborrar vendrá de tibor?

Deja ver por dónde iba.

Ya, Octavito era un desastre de Condotiero. Pude haberlo puesto a regar Orquídeas, pero decidí que no, para algo tenía que servirme. Y no me equivoqué. Pasó el tiempo y los azares del destino hicieron confluir varios caminos en un atasco que parecía insalvable. Un nudo que logré zafar y convertir —gracias a Octavito— en una jugada magistral.

Me hacía falta deshacerme de un enemigo político. Un tipo al que se le ocurrió usar mis propias leyes para demostrar la falacia de esas… No me mires así Nicolás, yo sé que eso ya te lo dije antes. El problema es que me encanta repetirme. Las repeticiones, por una razón que desconozco, me hacen sentir un poder que disfruto mucho.   

Sigo.

Hay gente que muere de pura pureza. Me hacía falta deshacerme de ese tipo y lo primero que pensé fue matarlo en vida. Llamé a mis dos mejores Condotieros y les di la misión de encontrar algo sobre la vida de ese tipo que nos permitiera desacreditarlo. Dineros mal habidos, mujeres escondidas, viejas traiciones casi olvidadas o antiguas filiaciones vergonzosas, algo que nos permitiera rajar el blindaje moral de ese hombre para dejarlo al desnudo y hacerlo presa de la burla, el chantaje y el escarnio. 

Pasaron los años, y en cada una de las reuniones de trabajo dedicadas a ese tema llegaron mis dos mejores Condotieros con malas noticias. No sólo habían sido incapaces de encontrar algo que nos permitiera matar a ese tipo en vida, sino que, y según pasaba el tiempo, la imagen del tipo empezaba crecer y a crecer. No ya dentro de sus propias filas, como era de esperarse, sino dentro de las mías, o sea, dentro de los hombres y mujeres cuya lealtad mi pobre y tonto hermano estaba supuesto a heredar. Peligrosísimo, Nicolás, peligrosísimo.

Para colmo de peligros llegan un día esos dos Condotieros míos y me dicen que nuestros espías dentro del imperio habían detectado, de forma inobjetable, la existencia de un plan del enemigo para hacernos pagar bien caro cualquier muerte de un opositor político que ellos consideraran sospechosa. Operación Lucrecia le llamaron los muy hijos de putas a ese engendro de injerencia en la sagrada soberanía de nuestra patria.

Di un manotazo sobre la mesa, miré molesto a mis subordinados y les pregunté si teníamos que resignarnos a dejar que esa sabandija siguiera horadando las bases de la revolución más justa y hermosa que había dado la historia de la humanidad. Abelito y Abelardito esperaron a que yo terminara de hablar, miraron alrededor buscando una cámara de televisión, descubrieron extrañados que no había ninguna y en cuanto terminé pusieron encima de la mesa el plan operativo.

Una belleza de plan que combinaba varios atascos en un camino insospechado, en una autopista que llevaría a nuestra gran revolución hacia el futuro luminoso de una sociedad más justa y humana en la que… coño, cuando me embalo no tengo para cuando parar.   

Los escuché hablar y sentí un gran orgullo, una sensación de euforia y una satisfacción que me hicieron sentir un deseo incontenible de abrazarme y felicitarme a mí mismo. Un reconocimiento propio por aquella decisión, tomada muchos años antes, de seleccionar, exprimir y secar un aljibe hasta sacarle sus dos únicas gotas verdaderas. Ahí estaban aquellos dos muchachos, ya encanecidos, desplegando ante mis ojos un plan que partía de una diseminación y terminaba en la muerte del enemigo político más peligroso que había enfrentado nuestro glorioso proceso revolucionario.

Oye, Nicolás, déjate de virar los ojos en blanco y estar haciendo muequitas. Todo esto que te estoy contando es lo mínimo que te puedo contar para que entiendas que en mi mundo tú habrías sido un bebé, un pollito de granja, un verracutín. Así que deja la falta de respeto y atiende para acá.

 

Foto: Maquiavelo fix, por Geandy Pavón

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Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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