Monólogo de un tirano con Maquiavelo (Capítulo V)

Maquiavelo-Geandy

Claro que ordené que a todos y cada uno de esos muchachos les dijeran que habían sido los últimos en hablar y que —si bien no estábamos de acuerdo con lo que habían hecho— no nos dejaba de impresionar la entereza que habían mostrado durante los interrogatorios y la resistencia que habían tenido al ser los últimos en soltar prenda.

También les hice saber —con mi emisario— que una vez purgado el castigo que merecían la revolución, o sea, yo, tendría grandes planes para ellos; porque donde había lealtad y deseos de derrotar al enemigo había un espacio infinito para perdonar errores. Eso sí, nunca más podían hablar de ese asunto entre ellos, y mucho menos con extraños.

Si algo me ha enseñado tanto tiempo de ejercicio del poder, Nicolás, es que las páginas más gloriosas de las revoluciones son escritas por hombres que buscan redimirse de alguna flaqueza anterior. Quiero decir, que nada como un hombre avergonzado para llevarlo a cometer una desvergüenza mayor.

Así es, las revoluciones son máquinas de reciclaje. Casi todo se usa. Los únicos objetos que no se aprovechan son esos sujetos que intentan trabar la maquinaria. Esos son molidos sin misericordia, pero al resto se les recicla hasta encontrarles un uso adecuado. Es como en la industria porcina. De los puercos se aprovecha todo, desde el hocico hasta la punta de la colita, todo tiene su utilidad. Después de la puñalada del pobre animal sólo se salva su puerca alma.

Aquel abecedario lo reciclamos completico. W, X, Y y Z terminaron, por ejemplo, trabajando para el grupo de Condotieros que vigilan las prisiones donde guardamos a nuestros enemigos políticos. O, P, Q, R, S y T se ocuparon, por su lado, de mantener a raya —de una forma muy persuasiva y viril— a pintores, escritores e intelectuales de todas las calañas. Justo es reconocer que hicieron un trabajo excelente. Y así con todos y cada uno de ellos, que según sus aptitudes y ambiciones, fueron cayendo, más o menos, en los puestos donde mejor podían defender a la Causa.

L, mejor conocido como Octavito, merece una mención aparte. Un tipo verdaderamente leal y ambicioso, pero sin la más mínima aptitud para el trabajo de Condotiero. Un verdadero desastre que ya a la tierna edad de treinta años había echado a perder varias operaciones. Pero leal y ambicioso como pocos. En el colmo de sus ambiciones, fíjate tú, le dio por casarse con la gorda hija del más connotado de nuestros verdugos. Las grabaciones de sus broncas familiares llegaron a ser mi programa humorístico favorito. ¡Aspirina! gritaba la gorda hija del verdugo en el paroxismo de sus histerias, ¡Aspirina es lo que te voy a dar, so maricón!

A cada rato venía uno de mis Condotieros a verme y a decirme que la mejor defensa de la Causa que podía hacer Octavito era irse para su casa a cultivar Orquídeas. Plantas que como bien se sabe no requieren de ser regadas. Yo los escuchaba con atención y, tengo que reconocerlo, más de una vez estuve tentado de mandar a esa L para un invernadero; pero algo me decía que no. Una voz de Romano viejo que me decía: donde hay lealtad hay esperanza, todo se puede usar, todo sirve para algo, aunque sea para diseminar.

Atiende para acá Nicolás, que te veo un poco distraído.

Coeficiente de diseminación.

Ubícate en los primeros años de mi triunfo. Llega un día una comisión de Romanos, de lo más compungidos todos ellos, a pedirme permiso para darle mala suerte al más connotado de mis verdugos. Estaban molestos con el padre de la gorda.

Un elefante en una cristalería, decía un Romano; un chorro de plomo en un vaso de agua fría, decía otro; un desastre, murmuraba el más alto mientras el más bajito, que era el jefe, habló con su acentuado acento para decirme: Me jodió una diseminación, coño.

Después me explicaron. Resulta que el más connotado de mis verdugos, en su afán analgésico, le había dado Aspirina a tres hombres que los Romanos habían logrado infiltrar, con mucho trabajo y paciencia, dentro de los cuerpos represivos de aquel discípulo tuyo que yo derroqué. Un trabajo de décadas, un trabajo fino, un esfuerzo que ya estaba listo para empezar a rendir sus frutos y entonces llegaba el cretino ese y lo malograba todo con sus pastillitas. Los fusiló pal carajo.

Yo, en la grandeza de mi desconocimiento, les respondí que qué frutos ni qué frutos, si ya la revolución había triunfado. Ay, gimieron mis Romanos. Ay, volvieron a gemir. Las revoluciones valen por la capacidad que tengan para defenderse. Alcanzar el poder es fácil, mantenerlo es la verdadera prueba de vida de una revolución; y el gran asesino de todas las revoluciones no es otro que el imperio más poderoso que ha existido en la historia de la humanidad.

Ese era el destino de eso tres hombres: infiltrarse bien alto dentro del imperio, llegar hasta las más altas esferas de los Condotieros del imperio y trabajar desde allí para la causa, o  sea, para mí. Y ya estaban listos, maduritos. Habían logrado crear una impecable hoja de servicios mientras trabajaban para el tipo que yo derroqué y, gracias a eso, y a otras cosas, habían logrado captar la atención de los Condotieros del imperio.

Yo, una vez más en la  grandeza de mi desconocimiento, dije que había un trecho muy largo entre captar la atención de una organización y terminar trabajando para la misma. El más pequeño de los Romanos, que era el más grande, pidió que nos dejaran solos y pasó a explicarme el asunto. Me dijo que la vida útil de un espía nuestro no estaba completa si este no había ayudado, durante sus años de trabajo para nosotros, a facilitar la entrada de otros espías nuestros dentro de las filas del enemigo y, de ser posible,  a un nivel más alto que el logrado por el facilitador.

Yo en Babia.

El Romano se llenó de paciencia y agarró un lápiz y un papel. Mira, I, II y III son espías nuestros. Cada uno de ellos facilita, a través de todas las informaciones que nos van dando, la entrada de otra generación de espías, digamos, Ia-Ib-Ic, IIa-IIb-IIc, y así sucesivamente. Cuando I, II y III están listos para pasar a “retiro” nosotros podemos usar a un miembro de alguna de las  generaciones ulteriores para darles caza, “descubrirlos” y “desenmascararlos”. Como resultado de ese “excelente” trabajo el espía de la generación ulterior tendrá una probabilidad mucho más alta de acceder a niveles que sus predecesores nunca pudieron alcanzar.

Yo debía tener la pregunta pintada en la cara; porque el Romano me la respondió antes que la dijera. La pregunta, claro está, era: ¿Y ese facilitador es tan comemierda como para prestarse a que le den caza y lo destimbalen así como así? La respuesta fue, ven, te voy a explicar por qué nos ponemos nombres de romanos.

Foto: Maquiavelo fix, por Geandy Pavón

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Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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Una respuesta a Monólogo de un tirano con Maquiavelo (Capítulo V)

  1. Family guy dijo:

    jajaja que manera de reirme, aunque no conozco mucho la historia de esos primeros años y me quedo en babia con varios de los personajes, pero bueno, al padre de la gorda si

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