Monólogo de un tirano con Maquiavelo (Capítulo IV)

Maquiavelo-Geandy

Pero después de todo fue una buena idea haber reclutado a esos dos hermanos. Uno de ellos —ahora tengo que reconocerlo— hizo un excelente trabajo con el aljibe.

Iban creciendo aquellos Octavitos, Cuarticos y Quinticos y se iban acercando, como todos los niños, a los quince años de vida.

Una edad ideal para empezar a convertirlos en algo más que hombres.

Decidí crear para ellos, y para otros muy parecidos, una escuela de jóvenes Condotieros.

Odio y deseos de venganza sobraban, pero faltaba selección.

Sentí curiosidad  por saber cuál de esos muchachos sería capaz de resistir las más adversas situaciones y encontrar, dentro de tanta adversidad, unas soluciones que otros —derrotados por la desesperanza o la falta de seso— no atinarían a ver.

Confieso que nos divertimos mucho con esa escuelita. Tres barracas en una isla perdida. Doscientos alumnos de matrícula. Veinte que ya antes de matricular eran informantes nuestros. Por las mañanas algunas sesiones de preparación militar y por las tardes, después del almuerzo, algunas clases de matemáticas, lenguas, historia y geografía. Los profesores se iban a las seis de la tarde. Al caer la noche en la escuela sólo quedaban los alumnos, dos subdirectores y una guarnición militar que se encargaba de vigilar la armería y los locales administrativos.

Las primeras semanas fueron las de un plantel normal. Después empezamos a dejarlos sin  agua, sin comida, sin iluminación nocturna y sin nadie a quien quejarse. Todas las mañanas el director de la institución los arengaba. La arenga, claro está, no estaba encaminada a pedirles que resistieran; la arenga, preparada por nosotros, hablaba de sobreponerse a las dificultades y ser capaces, en  medio de tantos problemas, de estudiar y sacar buenas calificaciones en los exámenes… porque el primer deber de  un Condotiero era estudiar.

Yo andaba muy atareado con mis asuntos de Estado, pero cada vez que podía sacaba un tiempito para ver cómo iba aquel experimento.  El resultado fue que al paso de unos cuantos meses la mayoría de los estudiantes se desentendieron del asunto. Asistían a clase cuando les salía de sus testículos, escribían cualquier cosa en los exámenes, se iban hasta el mar a lavar sus ropas, le robaban la comida a los campesinos de la zonas y se fornicaban a las hijas de esos campesinos y a cuanto animal encontraran con un agujero horadable. De alguna forma intuyeron que alguien se estaba burlando de ellos y decidieron tirarlo todo a relajo.

Otros se rajaron como cañas podridas, ocho se escaparon, cinco enloquecieron, tres o cuatro intentaron matarse y doce hicieron pareja entre ellos.

Para gran sorpresa nuestra, sin embargo, descubrimos que veinte y siete alumnos habían decidido convertirse en Condotieros. Asistían a clases con asiduidad, intentaban tener sus uniformes tan limpios como pudieran, se esmeraban en el aprendizaje de las técnicas más simple del arte militar y, oh milagro, sacaban los exámenes.

Leí la lista, vi los nombres de algunos Cristianitos retoñados y ahí mismo detuve el informe del hermano remero. Sin dejar que terminara le dije: Averigua cómo están haciendo estos cabritos para sacar esos exámenes.

Ya eran Condotieros, Nicolás. Como si lo llevaran en la sangre.

Los exámenes que ellos tenían que pasar —cada dos o tres meses— eran enviados desde la capital. Y se las arreglaron aquellos cabritos para robarse las preguntas. Tiempo le llevó a mi Condotiero averiguarlo. Los informantes que teníamos en la escuela habían sido diezmados por las condiciones extremas que impusimos, y los pocos que quedaron sabían nada del asunto. Tuvo mi Condotiero que esconderse bajo los prados de la escuela, como un vulgar explorador, para averiguar cómo hacían esos chiquillos con los exámenes.

Habían montado un operativo de penetración en toda regla. Sabían cuál era el coche que traía los exámenes desde la capital, la hora de llegaba, cuál de los soldados de la guarnición recibía el paquete con las preguntas y en qué oficina y  gaveta quedaba ese paquete guardado hasta que llegara el director —media hora después— y se hiciera cargo de la situación. Sabían que tenían unos escasos minutos para verificar la ronda de las postas, burlarlas, llegar hasta la puerta de la oficina, forzarla sin dejar rastro, abrir la cerradura de la gaveta, sacar las preguntas, copiarlas, regresar a los albergues sin ser descubiertos, buscar las respuestas de las preguntas y garantizar que esas respuestas no fueran todas iguales.

Increíble, Nicolás, increíble. Pero más asombroso aun fue cuando mi Condotiero, ya enterado de la jugada, empezó a cambiar las condiciones del traslado y llegada de las preguntas, para así averiguar la solidez de los planes de contingencia que pudieran tener esos muchachos. Nunca fallaron. Para cada una de las variaciones de mi Condotiero ellos tenían un plan de contingencia que siempre les funcionó. Purasangres esos mocosos.

Están listo para graduarse—recuerdo que dijo mi Condotiero sin sospechar que muchos años después… bueno, eso ya te lo dije. Graduarse un carajo, le respondí. Son veinte y siete y ahora mismo me montas la Operación Abecedario. Los quiero a todos presos, en celdas aisladas y sujetos a interrogatorios constantes. Los quiero clasificados desde la Z hasta la A según el orden en que se vayan quebrando y delaten a sus cúmbilas. Le das una A al último que hable y una Z al más pendejo. Ah, y todos los interrogatorios tienen que ser filmados y tienen que empezar con la pregunta ¿Qué pensaría tu padre de esto? Que de esos cabritos, el que no tiene un padre muerto, tiene uno que va a estar dispuesto a matarlo cuando se entere de lo que hizo.

Ah Nicolás; hijos y nietos de Cristianos, Romanos y Nicos hablando hasta por los codos. Ganándose sus letras a una velocidad de revolución encuera y avergonzada. Octavito, por ejemplo, se convirtió —a partir de aquellas sesiones de “cállate niño, cállate”— en L.  Se ganó su letra con honores.

Sólo dos no hablaron, dos simples hijos de obreros y campesinos que cerraron sus bocas y miraron a los interrogadores con cara de “a ver cuándo terminan con esta comedura de mierda”. AB tuvimos que llamarlos, como si fueran del mismo grupo sanguíneo. Con el tiempo se convirtieron en Abel y Abelardo.

Foto: Maquiavelo fix, por Geandy Pavón

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Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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