¿Legalidad castrista?

Chair

Jamais deux sans trois es la frase que usan los franceses para indicar que las malas noticias siempre llegan en grupos de tres golpes.

En Cuba, ya sabemos, el ritmo es sincopado.

Muchas veces el tercer golpe de la clave cubana queda colgado en el aire —como una finta en el boxeo— y tal parece que no existe,  pero pobre del que no lo vea, se va.

Así fue con la revuelta castrista. Fuimos golpeados con un ¿armas para qué?, nos repitieron con un ¿elecciones para qué? y no vimos que el golpe más demoledor, ese que nos dejaría en el suelo, había quedado escondido.

¿Legalidad para qué?

Esa fue la pregunta que Fidel Castro nunca tuvo la decencia de mencionar en público, pero que se encargó muy bien —desde el mismo inicio de su reinado— de gritar a los cuatro vientos con sus acciones.

Tenemos el recuerdo temprano del juicio a los pilotos que no bombardearon las serranías de Oriente. La certeza de que sólo unos pocos lo habían hecho. El “suicidio” del presidente del tribunal, Feliz Peña, que —ante la imposibilidad de saber quiénes eran los culpables— los absolvió a todos; y la repetición del proceso, ya como una farsa, con su veredicto inapelable de largas condenas para una gran mayoría de inocentes.

Leyes batistianas, dijeron los castristas en aquel momento; derecho creado para proteger a los poderosos, dijeron los comunistas; necesidad de quitarle pilotos a una futura contrarevolución, dijeron los cínicos y guapetones de la revuelta mundial.

¿Y la legalidad? Sólo unos pocos hicieron esa pregunta.

Unos meses después, usando el código militar del ejército rebelde, o sea, las propias leyes de Fidel Castro, el Comandante Huber Matos presentó su renuncia como jefe militar y solicitó ser licenciado. La respuesta del castrismo fue condenarlo a varias décadas de prisión.

A partir de ese momento no ha pasado un lustro en Cuba sin que Fidel Castro se encargue de recordarnos que en su reino pueden existir leyes, puede haber abogados, pero legalidad —eso que entendemos como un conjunto de normas a respetar, incluso al precio de perder algún que otro juicio— no puede existir.

Los ejemplos sobran. Paredones. Cárceles dinamitadas. Escritores encarcelados sin recurso de habeas corpus y reaparecidos después de haber firmado confesiones medioevales. Supuestos conspiradores detenidos por la policía castrista que en el momento de sus detenciones gritaban —los pobres— ¡Avísenle a Fidel! ¡Avísenle que le están dando un golpe de estado! Miles de personas condenadas a trabajos forzados por llevar el pelo largo, los pantalones estrechos o preferir el rosado. Embarazadas golpeadas por querer irse del país. Generales fusilados bajo la culpa de una figura delictiva tan absurda como intento de tráfico de drogas. Niños y mujeres asesinados por querer irse del país en un remolcador. Avionetas pacíficas derribadas en aguas internacionales. Jóvenes negros fusilados —también— por haber querido robarse una lancha usando un cuchillo que nunca hirió a nadie. Opositores que intentaron valerse de las propias “leyes” castristas para retar a la tiranía y terminaron siendo eliminados.

Indigna que medio siglo después de tantos atropellos —a las más elementales y universales normas de la legalidad— todavía exista gente capaz de hablar de la existencia de procesos legales en Cuba. Es como si a alguien se le ocurriera pensar que en la Alemania fascista existió algo cercano a una legalidad; o peor, como si a alguien se le hubiera ocurrido pensar que las propias “leyes” de Hitler eran el código adecuado para juzgar a los acusados del proceso de Núremberg.

Creo que ya va siendo hora de que los cubanos creen su primer poder legislativo real. Creo que ha llegado el momento de que los abogados de las dos orillas de nuestra nacionalidad empiecen a trabajar en ese sentido. Hacerlo es muy importante. La creación de un sistema de leyes que pueda ser llamado como tal —sin provocar a la risa o al llanto— sería una gran ventaja para todos.

A los exiliados nos permitiría establecer la inocencia de muchos opositores y disidentes que son acusados a cada rato de delitos comunes que nunca cometieron. A los castristas, por su lado, les daría la tranquilidad de que algún día serán juzgado bajo un sistema de leyes que les ofrecerá muchas más garantías que las que ellos nunca le ofrecieron a sus víctimas.

Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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4 respuestas a ¿Legalidad castrista?

  1. Pingback: Penúltimos Días

  2. Me señala Enrique del Risco la confusión entre el juicio a los pilotos que no bombardearon Cienfuegos y los que no lo hicieron en las serranías de la provincia de Oriente, error corregido. Gracias.

  3. omar s dijo:

    Es Huber Matos, no Hubert.

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