Monólogo de un tirano con Maquiavelo (Capítulo III)

Maquiavelo-Geandy

Falta que me hizo ese aljibe.

Hoy día matar es mucho más difícil que en aquellos dichosos tiempos tuyos, en los que bastaba un Condotiero, algunas monedas y una daga para despachar a un enemigo hacia este lado del mundo. Hoy día, una vez decidido que un hombre debe morir empieza el largo y frustrante camino de escoger el cómo, el cuándo  y —sobre todo— el quién.

No puedo negar que yo también tuve mis buenos tiempos para matar. Aquellos de  la euforia y el triunfo reciente. Años jóvenes en los que bastaba una insinuación mía para que mis hombres, sin averiguar mucho, se dispusieran a traerme la cabeza muerta y retratada, casi siempre en un periódico, de alguno de mis enemigos.

Amanecer de una revolución que mataba con los primeros rayos de cada mañana; y tenía como su más connotado verdugo a un tipo que para indicar el destino de su próxima víctima escribía en un papelito: dale Aspirina.

Tiempos idos, porque en eso las revoluciones se parecen a las más bellas cortesanas; cuando son jóvenes y hermosas muchos hombres están dispuestos a matar y morir por ellas. Después, cuando envejecen, sólo los eunucos se atreven a defenderlas. La mía no fue una excepción.

Oye este cuento Nicolás. Imagínate que te vas a las regatas de Venecia. Hay fiesta, alegría, calor, mujeres de la vida y gente, mucha gente que te mira admirada. Acabas de hacer una revolución Nicolás. Eres la viva imagen del triunfo. Y te vas a ver la competencia de remos. Al final de la tarde quedan dos botes para disputar una final que tendrá lugar a la mañana siguiente. Ya tienes tu apuesta decidida, pero a nadie le dejas saber.

Una tripulación es de pescadores, hombres rudos que no han hecho otra cosa en su vida que remar. Son los favoritos. La otra tripulación, por azares del destino, está hecha de antiguos estudiantes —recién graduados— del mismo seminario al que asististe en tus años mozos. Músculos de Alma Mater; carne crecida sin maltratos, pieles tersas y corazones que saben poco de horas remando con hambre y para comer. Entre esos remeros a tiempo parcial hay dos hermanos que llaman tu atención. Casi idénticos y risueños. Tan seguros de sí mismos como dos buenos hijos de la más rancia aristocracia veneciana.  Desde que los ves ya sabes que no pararás hasta convertirlos en tus Condotieros.

Esa noche le ordenas a uno de tus edecanes que compre unas cuantas botellas del mejor elixir de quintaesencia que hay en la ciudad y busque, también, a unas cuantas mujeres hermosas y las envíe, botellas en manos, al sitio donde se reúnen los pescadores. Que sea como un regalo de un triunfador a otros triunfadores, pero sin mencionar nombres. Mientras eso sucede te vas a ver a los dos hermanos que llamaron tu atención. Les ordenas irse a dormir temprano, comer bien y descansar como se debe, porque has apostado mucho dinero, y puesto tu orgullo, en ellos.

Al otro día dejas saber que has decidido, por razones sentimentales, respaldar moralmente a los antiguos estudiantes de tu antigua Alma Mater. Los pescadores se sienten vagamente traicionados y reman con el esfuerzo de la gente simple cuando se siente vagamente traicionada. Van por delante desde el principio, pero al final hacen su efecto el alcohol y la francachela. Ganan los tuyos por media nariz. Levantan airosos sus brazos los dos hermanos; celebran e ignoran que muchos años después morirán sin llegar a saber que todos sus triunfos y derrotas ya eran tuyos desde el día que los viste por primera vez.

Sonríen socarrones tus Romanos cuando empiezan a ver lo bien que estás asimilando sus lecciones. A esos hermanitos, Nicolás, los recoges bajo la sombra de tu capa y los vas llevando, poco a poco, hasta el punto a donde tú siempre creíste que irían. Los envías a las mejores escuelas de Condotieros. Les das grados, títulos y responsabilidades. Te alegras, y así se lo haces saber, cada vez que regresan victoriosos de las misiones que les encomiendas. Los premias con jerarquías, palacios, mujeres, prendas para sus preciosas muñecas y dagas labradas con tu nombre. Trafican armas y tesoros robados, se arrastran por la yerba y se entierran en la tierra para vigilar, durante semanas, los campamentos enemigos que después atacarán al frente de sus hombres. Ganan batallas y adeptos. Son encantadores. Hablan varias lenguas y visten con igual soltura trajes de seda y jubones de paño basto. Reclutan espías para ti y después, cuando están llenos de informaciones, los ordeñan con cariño y suavidad.

Llega a parecer amor eso que muestran por ti. Los miras mirarte y descubres algo muy parecido a la más pura devoción, tanta que parecen estar listos para empeños mayores. Y les ordenas un par de esas muertes que son por la espalda. Una de esas eliminaciones que tanto desagradan a los aristócratas verdaderos. Puñaladas de arroyo, disparos de asaltadores de camino, muertes de esas que siempre dejan príncipes asqueados y principados felices. Se niegan, Nicolás, se niegan después de todo lo que has hecho y dejado de hacer por ellos. Dicen que sí, pero nunca ejecutan. Van y regresan con las manos vacías y las bocas llenas de historias y justificaciones. Ordenas seguirlos, pones oídos en sus paredes y descubres que te detestan, que te llaman loco y se ríen de ti.

Pobres diablos —piensas. Tomas la pluma, escribes eso de que los hombres ofenden antes al que aman que al que temen, y ordenas su destrucción. A uno de los hermanos lo matas. Al otro lo condenas a una larga pena de prisión. En la cárcel pinta cuadros al óleo, puro renacimiento.

 

Foto: Maquiavelo fix, por Geandy Pavón

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Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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