Monólogo de un tirano con Maquiavelo (Capítulo II)

Maquiavelo-Geandy

Pues sí Nicolás, me hacía falta deshacerme de un enemigo político; pero como bien tú sabes, matar es cosa seria. Tiempo que me llevó aprenderlo.

Tendrías que haberme visto en pleno triunfo. Aquello era digno de verse. Mis huestes entrando en la capital y yo con una edad de nuevo testamento y una peste en los sobacos que habría sacado de su tumba a más de un muerto. Yo, triunfante y cochino, descubriendo que había un placer mayor que el de desflorar a una virgen, y era hacerlo con la botas puestas y sin quitarme el uniforme de campaña.

Yo, con aquel poder de vida o muerte, escribiendo una lista con los nombres de los doce Cristianos que ya estaba pensando enviar al paredón. Resulta que se habían parapetado en un par de edificios y se negaban a reconocer la grandeza de mi victoria. Una lista enumerada desde el más corajudo hasta el más cobarde.  Primero este, segundo aquel, tercero el otro, cuarto… hasta que se me acercó uno de los jefes de los Romanos, que ya para esa época llevaban mucho tiempo convertidos en mis mejores mentores, a decirme que esas listas —y esas muertes— eran absolutamente innecesarias.

Ese día aprendí dos grandes lecciones. Una fue que es cierto que aquellas muertes, como yo las estaba preparando, habrían sido un gigantesco despilfarro. La otra, más importante aún, fue que se puede ordenar la muerte de un hombre, o de un grupo de hombres, sin siquiera mencionar a la Parca.

El Romano me miró con mucha paciencia cuando yo, citándote a ti Nicolás, le dije que para gobernar había que empezar por matar a los Brutus. Me miraba con su guayabera arrugada y el índice de su mano derecha engatillado alrededor de la breva que estaba masticando.

Después habló para decir que las revoluciones, como todos los procesos sociales, se hacen con hombres y mujeres que, desgraciadamente, nunca están al mismo nivel de desarrollo ideológico. Unos van por delante y otros, la mayoría, van por detrás. Al mismo tiempo, los caminos de ese desarrollo ideológico son muchos y muy variados. Los hay, por ejemplo, que muestran una gran capacidad para el trabajo con las masas pero nunca alcanzan, digamos, la más mínima disposición para la lucha armada. Otros exceden en el trabajo intelectual, pero pobre del que se le ocurra pedirles que arenguen a un grupo de obreros, o se caigan a tiros con la policía.

Ah, qué hermosura Nicolás. Qué placer escuchar a ese Romano decirme que el papel de la vanguardia era guiar a cada uno de esos hombres y mujeres, según sus niveles de desarrollo ideológico, y sus respectivos talentos, para hacerlos cada vez más útiles a la Causa. La Causa Nicolás,  La Causa, si tuviera pelos ahora mismo me estaría erizando; porque lo que ese Romano me estaba diciendo, traducido a la jerga de aquellos tiempos, sonaba más o menos así: Chico, tú estás arriba (eres la vanguardia) y ellos están abajo (no están desarrollados). Si tú los matas, entonces los pones a tu nivel. Esos Cristianos no son más que una bola de guapetones tira tiros que todavía no pueden explicarse como unos tipos tan duros como ellos se quedaron fuera del poder. Tu tarea es guiar esa guapería y esa tiradera de tiros hacia algo más elevado (desarrollo ideológico) y que te convenga a ti (La Causa). Vístelos con un traje de campaña, dales grados militares, diles que el que no dispare es un cobarde y ponlos a tirarse tiros con tus enemigos, que los maten otros y te los devuelvan hecho banderas.

Oye Nicolás, así mismo fue. No con todos, porque esas cosas nunca salen bien al cien por ciento, pero sí con algunos. Duodécimo, por ejemplo, que era el más cobarde, jamás disparó disparo alguno, pero terminó siendo ministro de uno de mis ministerios, uno de los menos importantes, Obras Públicas o Transporte, uno de esos, pero trabajando para mí con una lealtad perruna. A Tercero, que era de los más valientes, le dio por hacerme un atentado y tuve que meterlo treinta años en prisión. Cuarto, que era un oso, terminó reventado por una mina antitanque en una guerra perdida, allá en el corazón de las tinieblas. Una guerra en la que, dicho sea de paso, me metieron los Romanos. A Octavo, que era más cáscara que nueces, lo mande a morirse en un altiplano, allá en casa del carajo también y, mira tú, allá se fue a morir de lo más contento. Hay gente para todo en ese mundo.

Pero lo mejor Nicolás—la guinda del cake, el diamante en la cresta del anillo o la perla colgando del arete— vino después. Fue otro Romano el que me dio ese consejo, pero la guayabera y la breva engatillada eran idénticas.

Resulta que empezaba yo a heredar una caterva de huerfanitos que eran hijos, muchos de ellos, de aquellos tipos que en algún momento de mi vida estuve a punto de fusilar. Unos vástagos nacidos de unos hombres-banderas y de unas viudas que en muchos casos —modestia aparte una vez más— no dejaban pasar ocasión para insinuarme sus carnales deseos. A unas cuantas, claro está, no tuve otro remedio que complacerlas. Las cosas del destino, yo heredando Octavitos, Cuartico, Quinticos y Sexticas, quién me lo iba a decir.

Y se acerca aquel otro Romano a decirme que la gran fuerza de una revolución no estaba en el enemigo derrotado, en el poder obtenido o en esas masas enardecidas que gritaban hoy como lo habían hecho ayer o como lo harían mañana. No, la gran fuerza de una revolución radicaba en la posibilidad de formar revolucionarios a la imagen y semejanza de esa revolución. Por primera vez teníamos la oportunidad, ganada a sangre y fuego, de tallar revolucionarios con la misma paciencia y devoción que usan los avaros para tallar sus diamantes. Antes los revolucionarios nacían silvestres, ahora los vamos a cultivar; y no sería mala idea empezar por unos huerfanitos y huerfanitas que ya, para ventaja nuestra, habían heredado la numeración de sus imperfectos ancestros.

Darles un tratamiento especial; cuidarlos, alimentarles el recuerdo de sus padres, llevarlos a las escuelas con los nombres de los caídos, contarles capítulos escogidos y adulterados de las vidas de aquellos valientes, dejar caer aquí y allá, como quien sí quiere las cosas, quienes habían sido los asesinos, los ejecutores, de aquellos hombres purificados por la ausencia. Alimentar, desde la más temprana edad, un profundo deseo de venganza que estaría dirigido contra aquellos que habían matado a sus padres, o sea, contra mis enemigos.

En pocas palabras Nicolás, había que alimentar, gota a gota, aquel aljibe de odio.

Foto: Maquiavelo fix, por Geandy Pavón

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Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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3 respuestas a Monólogo de un tirano con Maquiavelo (Capítulo II)

  1. veronicacervera dijo:

    Ceci, pon los icons para compartir abajo de los posts 😉
    Gracias por este regalo. Besos.

  2. veronicacervera dijo:

    Ahhhh, ahora los veo. Sorry. Otro beso.

  3. Pingback: Las revoluciones se parecen a las más bellas cortesanas | Eriginal Books

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