Monólogo de un tirano con Maquiavelo (Capítulo I)

Maquiavelo-Geandy

Mira Nicolás, déjame empezar por decirte que cada vez que me comparan contigo la sangre me hierve en los escrotos.

La gente es imbécil Nicolás, eso tú lo sabes mejor que yo. La gente es tan imbécil que insiste en olvidar los siglos que han pasado desde que tú escribiste El Príncipe; y los aportes que han hecho al cuerpo teórico de la maldad, durante todos esos siglos, tipos tan importantes como Fouché, Dzerzhinski, Himmler, Lenin, Stalin, Hitler, Mao, y una lista interminable que ahora no alcanzo a recordar.

¿Cómo se llamaba el gordito aquel?

Con todo el respeto del mundo, Nicolás, y te lo digo sin que me quede nada por dentro y exactamente de la misma forma que lo pensé hace ya muchas décadas —parecen siglos, carajo— cuando terminé de leer tu librito por primera vez y me dije: hoy día este tipo habría durado lo que un merengue en la puerta de un colegio. Imagínate tú, si eso lo pensé cuando no era más que un muchachón inmaduro ya puedes ponerte a pensar lo que pienso ahora —muerto y podrido como estoy.

Eso sí, nada más alejado de mis intenciones que demeritarte; todo lo contrario, sólo se trata de hacerte ver que la sabiduría de tus enseñanzas tiene en mí, siglos después —y modestia aparte— un discípulo tan aventajado que ahora, cuando me dispongo a explicarte las razones de esa ventaja, no puedo dejar de pensar que quizás termine provocándote nauseas.

Nada me haría más feliz.

Mira, a manera de explicación, o para ejemplificar la misma, te voy a contar el más reciente enredo y desenlace de una de mis tantas conspiraciones y manipulaciones. La idea es que logres vislumbrar la enorme complejidad del mundo que me tocó vivir. Una complejidad tal que yo, hombre de acción al fin, nunca entendí muy bien y nunca supe, a derechas, como explicar. Deja ver como hago. Para empezar, y como es habitual en estas historias: me hacía falta deshacerme de un enemigo político.

Un tipo al que se le ocurrió usar mis propias leyes para demostrar la falacia de esas leyes. Yo sé Nicolás, yo sé que matar es cosa seria. Si algo me costó trabajo aprender en aquella vida fue la seriedad de matar; favor que le debo, ahora puedo reconocerlo, a la paciencia e inteligencia de mis mejores mentores.

Pero a ese tipo había que matarlo. No por lo que hizo, porque a fin de cuentas demostrar la falacia de mis propias leyes no obligaba a más que a decir: sí, mis leyes son un compendio de mentiras, ¿y qué? Había que matarlo por el momento en que lo hizo. Si lo hubiera hecho cuarenta años antes habría sido cosa de reír y cantar. Pero conmigo casi muerto, el país descalabrado, y el imbécil de mi hermano listo para heredar el descalabro el asunto cambió hasta convertirse en una sentencia inapelable.

Coño Nicolás, espérate un momento, ¿Tú no sabes quién es mi hermano?, ¿Tú no sabes quién soy yo? ¿Tú no conoces la historia de un pequeño país que se ha enfrentado durante varias décadas al imperio más poderoso que ha existido en la historia de la humanidad? Coño Nicolás, ahora sí me la pusiste en China. Ahora sí no sé por dónde empezar.

Bueno, está bien, empiezo por presentarme: mi nombre, como bien tú insinúas, resulta irrelevante a estas alturas o profundidades del juego; y de todos mis títulos el único que podría interesarte es el de gobernante vitalicio; tirano dicen algunos, pero a mí eso me tiene sin cuidado. Lo importante es que pude gobernar desde que agarré el poder hasta que cuerpo y maldad decidieron separarse para siempre.

Si eso no es ser un príncipe que baje Dios y lo diga.

Para que puedas entender la última de mis conspiraciones también tengo que darte algunos datos preliminares, decirte, por ejemplo, que soy un revolucionario. Hice o fui parte de la hechura de una revolución. Vaya, que derroqué a un discípulo tuyo, a un tipo duro que me duró, como era de esperarse, lo mismo que un merengue a la hora de la merienda escolar.

De esa revolución también es importante decirte que fue hecha por tres facciones o grupos que —a grandes rasgos— pueden ser descritos como los Cristianos, que eran adoradores de Cristo a punta de pistola; los Romanos, que eran verdaderos expertos en eso de hacer revoluciones y tenían la extraña e inexplicable costumbre de ponerse nombres de antiguos emperadores romanos y, por último, los Nicos, quiero decir, mi gente y yo, o sea, los que nunca creímos ni creeremos en ni cojones.

 Foto: Maquiavelo fix, por Geandy Pavón.

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Acerca de reynelaguilera

La Habana, 1963. Médico. Bioquímico. Escritor. Desde 1995 vive en Montreal.
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3 respuestas a Monólogo de un tirano con Maquiavelo (Capítulo I)

  1. Isbel Alba dijo:

    Mijo, ¿no está en Amazon.ca? ¡De madre que el shipping cueste más que el libro!

  2. Pingback: Las revoluciones se parecen a las más bellas cortesanas | Eriginal Books

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